Lenin Contreras

¿De qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada sobre el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica.
B. BRECHT

Las fantasiosas especulaciones sobre un posible “golpe a la Kill Bill contra el capitalismo” o “Estados de excepción permanentes” han quedado fuera de lugar. En el primer caso porque observamos que el capitalismo goza de una capacidad de reanimación y restructuración eficaz -siempre cargando sobre el proletariado y clases populares los costos que conlleva la reactivación de la acumulación-, y aunque el capitalismo está muy lejos de gozar de buena salud, sus personeros se encuentran buscando opciones que claramente no apuntan a su abandono. En el segundo caso, porque el capitalismo requiere que la gente esté en la calle produciendo y consumiendo, trabajando y comprando, con lo cual se demuestra que “El Gran Confinamiento” sólo podía ser momentáneo o en todo caso, como se observa en Europa, intermitente.

El capital, como el vampiro que es, requiere de expoliar a los trabajadores y trabajadoras para continuar su movimiento natural, aunque cueste la vida a cientos de miles de personas. No solo requiere producir las mercancías, sino también venderlas para reiniciar el ciclo. La reactivación de la economía capitalista reactivó la pandemia. Mas de un millón de muertos en el mundo por Sars-Cov-2, en su mayoría trabajadores y trabajadoras, muestran que estamos muriendo por la infamia de mantener al capital con vida. En la modernidad capitalista el sueño americano se convirtió en pesadilla. Para finales de octubre de 2020, tan solo en Estados Unidos se contabiliza un total de 228 mil muertes por coronavirus.

Sin embargo, la capacidad de ajuste del capital no permite evadir un problema fundamental: la crisis de rentabilidad. Entre los marxistas hay cierto grado de consenso en reconocer que la crisis del capitalismo es estructural, estaba ahí antes de que el Covid-19 acelerara su explosión. Destacados economistas marxistas como Michel Husson, Michael Roberts, Francois Chesnais, Anwar Shaikh y Éric Toussaint, aunque con algunas diferencias, coinciden que la pandemia aceleró lo inevitable.

Ese viejo mundo, el neoliberalismo y los preceptos sobre los que se erigió: individuo, mercado y libertad -usando el análisis de Miguel Ángel Contreras en su obra Critica de la razón neoliberal- han sido jaqueados por su incapacidad de dar soluciones a las grandes mayorías ante un desolador panorama provocado por la expansión permanente del Covid-19.
El capitalismo enfrenta grandes problemas estructurales al grado de que el proyecto neoliberal, hegemónico en los últimos 40 años, se encuentra fuertemente cuestionado por posiciones burguesas de derecha y de izquierda, la pandemia profundizó este cuestionamiento. La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) y el Banco Mundial (BM) incluso han recomendado una intervención más protagónica del Estado para paliar la crisis, situación que contrasta con la enfermiza obsesión de los neoliberales y liberales por dejar que las fuerzas del mercado reordenen la economía y la sociedad.

Si consideramos que el neoliberalismo no es más que el conjunto de políticas de administración de la fase de acumulación denominada Capitalismo Monopolista Transnacional (CMT), su modificación no será por la voluntad de uno y otro personaje bien o mal intencionado, sino de las lógicas de reestructuración capitalista que se desarrollen de manera más o menos generalizada, y por tanto de la lucha de clases entre las distintas fracciones de la burguesía (criollas, nacionales, industriales, financieras, imperialistas, etc.), pero sobre todo, entre las fuerzas proletarias que enfrentan cada vez con mayor fuerza a la burguesía mundial.
La crisis del capital y su dimensión sanitaria: la pandemia, han acelerado la configuración de un escenario donde la lucha de clases escala de forma vertiginosa, de un contexto político que, como diría Gramsci, se asemeja a una situación donde “el viejo mundo se muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos”.

Lo viejo y el surgimiento de sus monstruos

Los claroscuros provocados por la crisis han facilitado el surgimiento de los monstruos. Las clases dominantes y las fuerzas imperialistas, sus personificaciones económicas y políticas, han dejado atrás la retórica democrática, optando cada vez más y de forma abierta por opciones fascistas o regímenes antidemocráticos. Fueron muy difundidas las declaraciones del multimillonario y CEO de Tesla Inc., Elon Musk que, por medio de la red social Twitter, describió: “daremos un golpe de estado a quien queramos”, con lo cual el magnate justificaba, sin sonrojarse, el golpe de Estado contra el gobierno del presidente Evo Morales y la ambición de apropiarse del litio del país mediterráneo.

Pero las declaraciones de Musk solo son significativas en cuanto marcan una tendencia mundial preocupante: el ascenso estrepitoso del fascismo y la ultraderecha. El imperialismo juntamente con las burguesías locales ha impulsado el recrudecimiento de la ultraderecha y del fascismo tanto en América Latina y Estados Unidos.
En Estados Unidos, Donald Trump amenaza con reelegirse y profundizar su política de odio, racismo, discriminación y expansión imperial. Pese a que todas las encuestas le otorgan el triunfo al candidato demócrata Joe Biden, la elección aún no está del todo definida. Fundamentalmente porque, como lo señala Amy Goodman y Denis Moynihan, los sectores progresistas emergentes no tienen la seguridad de que Biden retome la agenda social que permitió la simpatía popular a la precandidatura de Bernie Sanders.

Por otro lado, el sistema electoral norteamericano, donde la elección del presidente no es directa sino por medio de un Colegio Electoral, permitiría que, pese a la gran impopularidad de Donald Trump, si mantiene los estados con los que ganó hace cuatro años, podría repetir el mandato. En la contienda de 2016 la demócrata Hilary Clinton superó a Trump por más de dos millones de votos, pero pese a conseguir los estados con mayor numero de delegados, generalmente los estados con mayor cantidad de migrantes o tradición progresista, no fue suficiente para ganar la mayoría en el Colegio Electoral. En Estados Unidos el racismo ha brotado de las alcantarillas donde se mantenía retraído, y pese a que el movimiento “Las Vidas Negras Importan” ha tenido un impacto positivo para desnudar el racismo institucionalizado, el presidente Trump sigue avivando el discurso de odio como estrategia para mantener firme a sus votantes. Al final del día, no hay mucha esperanza para los pueblos, sobre todo porque con Trump o Biden, Estados Unidos seguirá siendo el imperio que acecha las democracias y a los pueblos.

Pero no solo es la amenaza de la posible reelección de Donald Trump en Estados Unidos (EE. UU). Sebastián Piñera en Chile desató un año de terror. Con el inicio de las protestas, en octubre de 2019, 12,500 personas tuvieron que ser llevadas a urgencias médicas; 347 sufrieron lesiones oculares; 246 personas han sido víctimas de violencia sexual por parte de fuerzas castrenses, y más de una treintena han sido asesinadas.
Los gobiernos de ultraderecha en la región, como el de Mario Abdo Benítez en Paraguay, Jair Bolsonaro en Brasil, Lenin Moreno en Ecuador y Luis Lacalle Pou en Uruguay, se han caracterizado por pésimas gestiones de la pandemia: recortes sociales, colapso de los sistemas de salud, desatención al paro forzado de millones de trabajadores y trabajadoras, entre otras más.

Caso especial es el de Colombia, donde el gobierno encabezado por Iván Duque mantiene activa otra pandemia, la de asesinatos impunes de líderes sociales. En lo que va del 2020 se contabilizaban 230 líderes asesinados. El Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz (Indepaz), ha denunciado que el saldo de opositores al gobierno asesinados “desde la firma de los Acuerdos de Paz con las Farc en 2016, es de 840 líderes y 131 lideresas defensores de Derechos Humanos.”

El capitalismo es claramente incompatible con la democracia. Parafraseando a Atilio Boron , podemos decir que a las fuerzas de derecha no les interesa sino gobernar ellas, y cuando no lo hacen conspiran contra los regímenes de tendencias democráticas y populares.
Causas del ascenso del fascismo
Las explicaciones sobre las causas que provocaron el ascenso de la ultraderecha y fascismo pueden variar de país a país, pero existen factores en común, todos ellos estaban presentes antes de la pandemia:

a) La incapacidad de los gobiernos progresistas o socialdemócratas de mantener una base social compacta debido al sostenimiento de políticas de corte neoliberal que perpetuaron o incluso profundizaron estructuralmente las desigualdades sociales.

b) La estrategia de las fuerzas de ultraderecha de construir en el imaginario social, mediante grandes campañas de propaganda, el mito del enemigo interno, -inmigrantes, indígenas, etc-, con el objetivo de justificar medidas antiobreras.

c) El permanente sabotaje y acecho del imperialismo a los gobiernos progresistas mediante guerras económicas o apoyo a conspiraciones y golpes de Estado (blandos o tradicionales).

d) La permanente recesión económica que impacta negativamente en la capacidad de ingresos fiscales o paraestatales, lo cual sumado al grave problema de la deuda pública y regímenes fiscales regresivos e injustos (los millonarios no pagan impuestos) se imposibilita mantener programas sociales. Situación que se diferencia de la década de 2003 a 2014, cuando el crecimiento del precio del barril de petróleo sobrepasó los 100 dólares creando excedentes petroleros que permitieron a algunos gobiernos de corte progresista expandir políticas sociales.

e) La exigencia del capital internacional de obtener mayores tasas de explotación o creación de nuevos campos para la acumulación de capital como medida contrarrestante de la caída de la rentabilidad y la crisis económica. Lo anterior ha implicado que el imperialismo amplié el apoyo a las fuerzas políticas lacayas que no tengan problema en garantizar al capital grandes utilidades a cambio de cargar sobre los trabajadores y los pueblos la crisis mediante el recorte o precarización de la sanidad, salarios, pensiones, derechos sociales, servicios básicos, o privatizaciones de sectores aun no privatizados y mercantilizados.
En ultima instancia, como se observa, el ascenso de la ultra derecha y el fascismo ha cobrado fuerza en primera instancia porque le es útil al desarrollo del capital y segundo porque las fuerzas socialdemócratas, como es su naturaleza, han sido timoratas a la hora de enfrentar el imperialismo, a la burguesía y a la ultra derecha.

Un nuevo mundo que tardará en aparecer

Por otro lado, aunque el nuevo mundo tarda en aparecer, se vislumbran algunos claros. El triunfo del Movimiento al Socialismo en Bolivia en las elecciones presidenciales del 25 de octubre que colocaron a Luis Arce como presiente electo, y el triunfo popular en Chile donde en el referéndum se votó masivamente por el “Apruebo” con lo cual se convocará a una Convención Constituyente para redactar un nuevo texto constitucional, rompieron la inercia ascendente de la ultraderecha y el fascismo.

Sin embargo, es necesario ser cautos. La derrota del golpismo en Bolivia y del pinochetismo en Chile no significa el exterminio de los factores reales de fuerza de la ultraderecha: su poder económico, militar, mediático o incluso parlamentario y judicial, tal como lo señala Atilio Boron .

La correlación de fuerzas en Bolivia puede obstaculizar que el gobierno de Luis Arce garantice la profundización o incluso continuidad del gobierno popular democrático de quince años de Evo Morales, de igual forma no se puede garantizar la derrota y exclusión total del pinochetismo en la redacción del nuevo texto constitucional de Chile.

En el primer caso porque el ejército y la policía, protagonistas del golpe de Estado de noviembre de 2019, se mantienen por el momento intactos. En el segundo porque, aunque la izquierda chilena llegó muy compacta al referéndum, es posible que el consenso construido en lo que no se quiere, la constitución de Pinochet, no se mantenga a la ahora de proponer lo que se quiere, una nueva constitución, sobre todo por la historia de múltiples traiciones de las fuerzas políticas socialdemócratas de la antigua Concertación o Nueva Mayoría.

Pese a ello, hay una lección muy clara. La parmente, incansable y heroica movilización de las masas populares en las calles fue lo que permitió el triunfo del MAS y el “Apruebo” del referéndum. Sin las masas en las calles, la autoproclamada Janine Añez hubiera postergado la elección para mantener indefinidamente el gobierno de facto. De igual forma, sin el pueblo chileno en las calles, el referéndum no hubiera contado con el poder de imponerse. ¡El poder del pueblo se ejerce en las calles!

La oleada de movilizaciones sociales no se reduce a Chile o Bolivia. En Colombia la Minga Indígena y Social ha logrado una gran legitimidad, y con ello sus denuncias sobre la vinculación del paramilitarismo y el Gobierno, que está detrás de los asesinatos contra líderes sociales, han cobrado mucha fuerza política.

En Paraguay, campesinos y trabajadores denuncian el carácter antisocial de los recortes de los programas sociales y el impacto negativo que tienen en plena pandemia. Por su parte Venezuela y Cuba, siguen manteniendo una de las mejores gestiones de la crisis sanitaria.
La ultraderecha y el fascismo gobiernan atizando la violencia, por lo que no sorprende que los pueblos ejerzan de forma legítima su derecho a la rebelión.

A manera de conclusión

Lenin decía que el capitalismo no caerá por sus contradicciones internas, habría que tirarlo, además apuntaba que para el capitalismo “no existe situación absolutamente sin salida”. También enfatizaba que las crisis del capitalismo abren situaciones revolucionarias pero que “no toda situación revolucionaria termina en una revolución”.

Para que una situación revolucionara, decía V.I. Lenin, termine en una revolución se requiere de acciones políticas, de “la organización, concientización, de un extraordinario vínculo de los partidos revolucionarios con las masas, y de la capacidad de explotar la crisis en beneficio de una revolución victoriosa”.

Por lo tanto, no podemos esperar que la pandemia por sí misma acabe con el capitalismo, tampoco que la derrota moral del capitalismo ante su incapacidad de atender el coronavirus se convierta en jaque político de la burguesía y la ultraderecha. Está claro que la superación de la crisis económica y sanitaria no será automáticamente a favor de la clase trabajadora, se requiere el empuje político que mantenga a raya o derrote a las fuerzas de ultraderecha.
Es por ello por lo que la clase trabajadora requiere plataformas políticas y estrategias de lucha que las obligue a retroceder, y sobre todo en avanzar hacia la única solución posible y aceptable para los pueblos: el socialismo.