Carlos Mendoza

Ya pasaron muchos días desde el asesinato de George Floyd por un policía blanco en Minneapolis, Estados Unidos. No obstante, el movimiento antirracista surgido a partir de eso sigue desarrollándose de manera vertiginosa en todo el país y en varias partes del mundo. Su dinámica y sus porqués tratarán de ser expuestas en este escrito.
Violencia sistémica, violencia capitalista
Aunque la mafia de los medios de comunicación nos ha querido decir que ese “abuso policial” fue algo “excepcional” y un mero error de la policía, la historia demuestra que, es una práctica recurrente de “los encargados del orden” el violentar a la población negra que vive en ese país. A la población latina también le toca sufrir mucha violencia en este mismo sentido, violencia racista.

Pero creer que solamente ese racismo es un agregado cultural de la población y de la élite estadounidense es un error cercano al idealismo, ya que esas prácticas se centran en el aparato de dominación. Entonces, debemos ubicarlos en un marco que analice la totalidad de la sociedad estadounidense, para ello nuestro análisis debe partir de la crítica a la economía política.

Una vez analizado esta situación nos encontramos que la población negra es de las peores pagadas en el país, es decir, la violencia racista también se desenvuelve en el área de las relaciones sociales de producción. Por lo tanto, al igual que se ha desarrollado a través de la historia, el racismo justifica ideológicamente la dominación de clase.
El que a la población negra se le pague menos ayuda a que los capitalistas puedan tener los salarios a la baja. Así generan también -con ayuda de su aparato mediático- que se divida la clase trabajadora estadounidense, pensando que los culpables de sus precarias condiciones son los negros -y latinos- por ganar menos salario. Esa división no es ingenua, ayuda totalmente a que los grandes empresarios mantengan su dominación casi intacta.

Protestas y violencia revolucionaria
El movimiento antirracista organizado y consecuente tiene ya varias décadas tras de sí en ese país, cómo olvidar a Malcolm X, Martin Luther King y las Panteras Negras que tanto ruido hicieron en la década del sesenta. Lo que vemos hoy es una prolongación de esas luchas, su fuerza se asienta en todas esas personas que dieron su vida por esa causa.

Es increíble ver el poder popular que se ha creado en todas las manifestaciones; desde el simbolismo revolucionario de quemar la estación de policía de Minneapolis (con todo lo que conlleva desaprobar a esa institución); hasta atacar monumentos de esclavistas, romper el cerco de la apología a la propiedad “histórica”, como si todo vestigio del pasado debiera colocarse y contemplarse. Pero además, el acabar con esas figuras adquiere una connotación de rebeldía y de poder de raza y sobre todo de clase.

El nivel de las protestas llevó a que el mismo Donald Trump se escondiera en su bunker en la casa blanca, a que instara a que la guardia nacional reprimiera y asesinara a los manifestantes, a querer clasificar legalmente como institución “terrorista” al movimiento antifascista, que al igual que algunos sindicatos y mucha población estadounidense se han unido a las protestas.

La represión ha sido grande, van varios asesinados y detenidos arbitrariamente, aunado a la protección de movimientos racistas que han aparecido para atacar impunemente a manifestantes. Y aún así, el movimiento sigue y con más fuerza, ha contado incluso con la solidaridad internacional, pero también, con el oportunismo de algunas empresas hipócritas y algunos gobernantes.

Hoy, en plena pandemia y cuando los capitalistas pensaban que el fetichismo al Estado burgués estaba muy bien formado para seguir con su dominación, el movimiento antirracista demuestra lo contrario y desafía a las grandes élites del mundo, la lucha de clases no descansa nunca.

¡Por la unidad de la clase trabajadora mundial!
¡Venceremos!