Sandra Ramírez

Una de las múltiples lecciones de la pandemia es que la industria alimentaria capitalista, desregulada y guiada por la máxima ganancia, mata. No es una metáfora alarmista. Las personas que han desarrollado enfermedades crónicas, derivadas de la ingesta cotidiana de alimentos y bebidas ultraprocesadas, se encuentran especialmente vulnerables ante el COVID-19. De los más de 146 mil 974 casos confirmados para el 15 de junio, el 20 por ciento padecía hipertensión, el 19 por ciento obesidades y 17 por ciento diabetes.

La mala alimentación, debido al consumo frecuente de alimentos saturados en almidón, azúcar, aceites, sal y aditivos industriales, provoca la inflamación del sistema inmune, haciendo que el organismo no se pueda defender adecuadamente ante cualquier virus. Así, la combinación, COVID-19 – hipertensión, obesidad o diabetes, aumenta las probabilidades de desarrollar una neumonía severa.

En México, en las últimas décadas las enfermedades relacionadas a la obesidad o a la falta de alimentos sanos han estado dentro de las primeras causas de muerte en el país; por ejemplo, entre 2007 y 2012 murieron más de 500 mil personas por diabetes; además, para 2013 más del setenta por ciento de la población mexicana tenía problemas de sobrepeso (OXFAM, 2013); en 2018 a nivel nacional, de acuerdo a datos de la Secretaria de Salud, alrededor del 39 por ciento de la población vivía con sobrepeso, el 36 por ciento con obesidad, 18 por ciento con hipertensión y el 10 por ciento con diabetes.

Son múltiples las condiciones que se conjugan para que nuestra alimentación nos esté matando. No solo es una cuestión de malas elecciones en nuestros hábitos alimenticios. Largas jornadas laborales que impiden dedicar el tiempo necesario para la preparación de alimentos sanos, salarios bajos que imposibilitan adquirir alimentos nutritivos, el costo cada vez mas elevado de los alimentos (derivado de la especulación financiera), la producción de frutas y hortalizas producida con agroquímicos, y la saturación de alimentos ultraprocesados y comida artificial en el mercado, son algunas de las verdaderas causas.

Aunque suene trágico, lo que comemos depende mínimamente de nuestras decisiones y se encuentra estrechamente relacionado con la oferta y el mercado alimentario, hoy en día controlada por la industria alimentaria en manos de empresas capitalistas trasnacionales.

Nestlé, Coca-Cola, PepsiCo, Unilever, Kraft Heinz, Mondelez International, Danone, General Mills, Tyson Foods, Associated British Food y Kellogg´s han sido señaladas como las empresas que controlan la industria de la alimentación mundial.

Mientras nuestra salud va en detrimento sus ganancias aumentan, inclusive y más aún en tiempos de pandemia. Éstas y otras empresas aprovechan la situación de confinamiento para publicitar con más intensidad sus productos, utilizando estrategias de publicidad relacionadas con la entrega a domicilio (la cual, sabemos se sostiene con la precariedad de las condiciones laborales de las repartidoras y repartidores) y con sentimientos como la unión familiar (El poder del consumidor, 2020). La consultora Nielsen, ha identificado en varios países una tendencia al aumento del consumo de alimentos ultraprocesados y procesados durante la contingencia sanitaria; por ejemplo, en Argentina, las ventas de postres congelados aumentaron 860 por ciento, en Brasil las ventas de salsa de tomate crecieron 139 por ciento (Barruti, 2020), y es que los precios de este tipo de productos suelen estar por debajo de los alimentos nutritivos y frescos. En general, es fácil constatar el aumento de ventas en diferentes supermercados, que tienen como trasfondo la explotación de miles de trabajadoras y trabajadores.
Por tanto, aunque en la crisis actual acelerada por COVID-19, ONGs, Gobiernos, instituciones de salud, incluso nutriólogos bien intencionados, sugieren mantener una buena hidratación, tomar cinco raciones de frutas y hortalizas al día, elegir cereales integrales y legumbres, ingerir productos lácteos bajos en grasa, consumir frutos secos y aceites vegetales de alta calidad, etc., la precarización de trabajadoras y trabajadores y la lógica capitalista que ha devorado la producción de alimentos, lo impiden.

La defensa de nuestra alimentación es parte de la lucha política contra el capitalismo. No basta con actos de salvación individual, porque los esfuerzos que pueden hacerse en cada hogar por obtener comida nutritiva difícilmente suplantarán la estructura de producción de los alimentos ultraprocesados y la responsabilidad del Estado de regular esta industria, y tampoco podrán por si solos abatir los intereses de los grandes corporativos alimentarios por obtener grandes ganancias a costa de nuestra salud.