Lenin Contreras

La fragilidad de la vida y del capital, exhibidas de forma descarnada por la actual pandemia, ha puesto en la escena pública un gran debate: la continuidad o derrumbe del capitalismo, y la necesidad de pensar nuevas formas de sociedad. ¿Estamos presenciando o no, el fin del capitalismo? o ¿sólo es el fin de una de sus formas?, ¿Qué le depara a la humanidad en un futuro cercano, una nueva forma de capitalismo o una sociedad basada en la cooperación, comunidad y solidaridad?

Las respuestas han sido amplias y contrastantes. Alan Badiou señala que no ve transcendencia política derivada de los efectos de la pandemia; por lo menos, no en Francia. Byung-Chul Han pronostica un capitalismo más autoritario y Judith Butler advierte que “la explotación capitalista encuentra formas de reproducir y fortalecer sus poderes dentro de las zonas pandémicas”, un punto muy similar al de Naomi Klein, quien afirma que el capitalismo de catástrofe siempre busca enriquecer a las elites con la desgracia.

Por el contrario, Enrique Dussel menciona que los acontecimientos desatados por la pandemia son el signo de agotamiento de una edad, la modernidad; y el principio de una nueva, la transmodernidad. El filósofo esloveno, Slovaj Zizek, vaticina un golpe mortal al capitalismo. Mientras que Atilio Borón, más cauto, precisa que la víctima del coronavirus es el capitalismo neoliberal, aunque no necesariamente el capitalismo.

Sin embargo, la condena al capitalismo, pese a ser éticamente aceptable, carece de propuesta eficaz. No basta con hacer críticas desde la cultura, la moral o la ética. Se requiere materialismo en el análisis de las lógicas y contradicciones desencadenadas por la acumulación capitalista y la correlación de fuerzas entre las elites económicas y las clases subalternas.

Más aún, se requiere propuesta ¿Es posible la construcción de una sociedad post-capitalista sin el desmantelamiento del poder político de las clases burguesas e imperialistas?, ¿Es posible la erradicación del capitalismo sin el exterminio del poder económico de la burguesía, de su insaciable sed de ganancia, de su lógica explotadora del hombre y expoliadora de la naturaleza? Creemos que no.

Marx y Engels apuntaban en el Manifiesto Comunista en 1948, que el programa que los diferenciaba del socialismo utópico, era la lucha por el poder político y por la eliminación de la propiedad privada de los medios de producción. La intención era enarbolar un programa no sólo radical, sino también eficaz.

La crisis y el derrumbe

Es verdad que los efectos económicos del virus muestran el advenimiento de una profunda crisis capitalista que, como se ha vaticinado por teóricos marxistas como no marxistas, puede ser tan profunda como La Gran Depresión de 1939. Tan sólo la Organización Internacional del Trabajo (OIT) pronostica la pérdida de 195 millones de empleos. El Banco Mundial (BM) estima una caída del 6 por ciento del Producto Interno Bruto (PIB) mundial y la Organización Mundial del Comercio (OMC) estima que el intercambio mercantil caerá en más de 30 por ciento.

Sin embargo; pese al oscuro panorama que envuelve a la economía, es un hecho que el capitalismo no caerá por sí solo, ni debido a sus contradicciones internas, ni por la crisis estructural de la economía, ni porque sea éticamente condenable.
La discusión sobre el derrumbe del capitalismo por sus contradicciones internas no es nueva, se abordó ampliamente en la primera mitad del siglo XX entre los teóricos de las diferentes organizaciones y corrientes socialdemócratas y socialistas de Europa. En ella polemizaron personajes como Tugan Baranovsky, Eduard Bernstein, Rudolf Hilferding, Rosa Luxemburgo, Otto Bauer, Henrik Grossman, Nicolai Bujarín y el mismo V.I. Lenin.

Lenin concluyó, sintetizando el espíritu revolucionario: “-lo subjetivo, la política -, con las leyes del desarrollo de la sociedad capitalista, -lo objetivo, la ciencia-, que para el capitalismo “no existen situaciones absolutamente sin salida”. Enfatizaba que, en todo caso, las crisis del capitalismo abren situaciones revolucionarias, pero que “no toda situación revolucionaria termina en una revolución”. Para que una situación revolucionaria, -decía V.I. Lenin-, termine en una revolución, se requiere de acciones políticas, de “la organización, concientización y de un extraordinario vínculo de los partidos revolucionarios con las masas, y de la capacidad de explotar la crisis, en beneficio de una revolución victoriosa”.
Ni el virus, ni la crisis tumbarán al capitalismo; aunque el capitalismo sí podría jaquear a la humanidad.

Byung-Chul Han y Atilio Borón, afirman que el virus no tumbará al capitalismo; eso es verdad. Complementando la afirmación, podríamos decir que la crisis económica tampoco enterrará a la sociedad burguesa. El capitalismo tiene la capacidad de reestructurarse, lo hizo en el período de la segunda posguerra, bajo la forma de Capitalismo de Estado o Estado Benefactor, y también después de la crisis de 1970, bajo la apariencia de Neoliberalismo. Cada gran crisis que el capitalismo detona, si bien abre la posibilidad revolucionaria, también abre la posibilidad de su reelaboración.

El capitalismo caerá sólo si existe una fuerza política que lo obligue a caer. Este punto lo anota Badiou cuando señala que pueden desencadenarse revoluciones derivadas de los momentos extraordinarios que vive el capitalismo -como las guerras o las pandemias- y donde la burguesía es derrotada como clase; y éstas se deciden en la dimensión política sólo cuando hay organizaciones de vanguardia política. La ausencia de estas vanguardias es la razón de nuestras dudas sobre el optimismo de Zizek, sus propuestas y recomendaciones de nueva sociedad.

Sin embargo, es verdad lo que apuntan Gilberto López y Rivas o Noam Chomsky, cuando apuntan que el capitalismo puede colapsar, pero por los efectos del cambio climático o por una guerra nuclear, situando a la humanidad tras una delgada línea. Por eso, hoy la sentencia de socialismo o barbarie cobra renovada relevancia.

Para superar esas visiones confundidas del fin del capitalismo, debemos construir las vanguardias políticas dotadas, no sólo de aspiraciones post-capitalistas, sino de propuestas emanadas de un riguroso análisis del desarrollo capitalista y la correlación de fuerza. Pero también, citando a José Carlos Mariátegui, debemos combatir el pesimismo, con el optimismo del ideal. La capacidad que tengamos las clases populares de sumar ciencia y política dará la pauta para crear esperanza ante la crisis; propuesta ante el colapso y futuro para la humanidad.