Emiliano Raya

El golpe de Estado contra el gobierno democráticamente electo de Bolivia de Evo Morales en el 2019, es la última batalla de una guerra que se disputa entre dos proyectos políticos.

El agotamiento del neoliberalismo ha ocasionado que los gobiernos que han optado por él como modelo económico tengan serios problemas de legitimidad (Chile, Colombia, Ecuador y Honduras), incluso pierdan las elecciones como en Argéntina. Y ante la “impopularidad” se intente imponer mediante golpes de Estado (Brasil y ahora Bolivia). En este sentido la permanencia del neoliberalismo tiene paralelamente la instauración de gobiernos y regímenes profundamente autoritarios.

El soporte ideológico aparece sobre las fuerzas conservadoras y reaccionarias de la iglesia evangélica. Tanto en Bolivia como en Brasil, los evangélicos han aportado en la arenga ideológica en vastos sectores de las capas populares, que se suman a las campañas mediáticas contra los gobiernos de izquierda.

El ataque contra la embajada venezolana y cubana en La Paz, tras el golpe, también es un claro mensaje contra quién y contra qué es el golpe.
Y aunque el triunfo en Argentina de Fernández representa un suspiro contra la arremetida reaccionaria en la región, también es cierto que la permanencia de Lenin Moreno y Sebastián Piñera como presidentes de Ecuador y Chile, pese a las masivas y potentes protestas populares, inclinan la balanza al lado del imperialismo.

El imperialismo no conoce de democracia, y la derecha oligárquica Latinoamérica tampoco.
Pero el pueblo de América Latina, el pueblo de Bolivia aprendió y ahora sabemos que se requiere de la violencia revolucionaria para defender los derechos más elementales, y como dijo García Linera: ¡Volveremos y seremos millones!

Falta democracia y sobra capitalismo

La tensión atraganta. En los noticiarios, los titulares principales, que se preceden en cascada, relatan las extraordinarias condiciones en las que se desarrollan los enfrentamientos contra las medidas y acciones de un sistema económico que se niega a perecer y lanza una furibunda embestida para mantener vivo su decrépito cuerpo de privilegios.

El proceso electoral en Argentina; los “ajustes” (aumentos de costos) a servicios públicos y sectores estratégicos en Ecuador y Chile; la siempre ignorada movilización popular en Haití contra sus gobiernos entreguistas; la rabiosa embestida imperialista contra Cuba, Bolivia y Venezuela; los nexos del presiente hondureño y su familia con el narcotráfico; el fascismo descarado en Brasil; la negativa rotunda del pueblo de Uruguay con el uso de militares en tareas de “seguridad interior”; el movimiento estudiantil en Costa Rica; y el gatopardista gobierno en México, que desata las ilusiones de unos, la desconfianza de otros y el torpe enojo de los menos, son las expresiones regionales de un mal que aqueja a la Patria Grande, desde hace más de 200 años.

Lo que parecieran síntomas inconexos, aislados, son en realidad expresiones de un mal que mina a salud del pueblo latinoamericano desde hace siglos. ¡No, no es el neoliberalismo, es el capitalismo!
Esta diferencia, aparentemente obvia, es fundamental para entender las olas de protestas que cimbran al espacio latino del continente americano. Ya que, mientras el primero (el neoliberalismo) es el conjunto de medidas y mecanismos aglutinados en un modelo de acumulación de capital, el segundo, es un modo de producción del que depende y el que permite el desarrollo e instrumentación del primero. En otras palabras, el capitalismo es la raíz que sustenta el tronco de la doctrina neoliberal. De esta forma, el neoliberalismo no puede existir sin el capitalismo, pero el capitalismo si puede existir sin el neoliberalismo.

Esto explica las disparidades entre unos y otros procesos, pero también las evidentes similitudes entre ellos. Por ejemplo, en México y Argentina se busca limarle las uñas y los dientes a la hidra y entronar una propuesta pos-neoliberal, pero no pos-capitalista, en la que la redistribución de la riqueza sea menos dispar, pero en la que no se cancela ni la explotación ni la expoliación del producto del trabajo asalariado.

En Haití, Ecuador y Chile se pretenden recrudecer las políticas neoliberales, para no sólo mantener los índices de ganancia de bancos extranjeros y empresas transnacionales, sino incrementarlos a costa del pueblo trabajador que tendrá que asumir los costos sociales de la voracidad burguesa.
Mientras en Cuba, Bolivia y Venezuela los esfuerzos por construir una alternativa al capitalismo se topan con los intereses imperialistas de Estados Unidos y Europa, que no escatiman tiempo, dinero y esfuerzo en socavar los legítimos (con todos los errores que tengan a bien los lectores en señalar) deseos de los pueblos a mantener su soberanía y defender el derecho a su libre autodeterminación.

Pero, aunque en cada territorio nacional los momentos de la lucha se muestran como formas idiosincráticas de un descontento particular, la esencia de éstas se encuentra en la estructura productiva social. El capitalismo, omnipresente, despliega de manera hábil las tácticas concretas para los espacios concretos. El capitalismo como un fenómeno global, entiende que el que se erijan islas soberanas dentro del mapamundi de la explotación y depredación, son ejemplos negativos para los ojos de millones de personas que no encuentran una salida a su miseria diaria.
Por eso vemos a los voceros de la burguesía desgañotados, escupiendo veneno en forma de diatribas contra los gobiernos de Venezuela, Bolivia y Cuba, pero callados como buenos canes amaestrados ante los asesinatos, represiones, cancelación de derechos y la cabalgante injusticia en Brasil, Honduras, Costa Rica, Ecuador, Uruguay y Chile.

La importancia de entender la táctica de la burguesía radica en que podemos entonces revertirla de manera precisa, puntual, desactivando las embestidas concretas que desata en cada espacio, pero, además, nos permite atacar directamente al corazón del monstruo.
De esta forma, no caemos en el infantil juego de creer que todos los movimientos que se levantan contra los gobiernos son garantes del bienestar del pueblo trabajador. Como ejemplo, la disidencia en Bolivia, Cuba y Venezuela están lejos de representar las aspiraciones y anhelos del pueblo trabajador. Por el contrario, son el brazo de lucha “popular” de los banqueros y empresarios nacionales e internacionales, independientemente de su composición orgánica. Es decir, el que en las protestas en Bolivia haya estudiantes universitarios, trabajadoras asalariadas, jornaleros o campesinos, no quiere decir que estén enarbolando los intereses de sus diferentes sectores sociales, sino, en esencia, defienden los intereses de la oligarquía financiera. Por lo tanto, nuestro deber ahí es apoyar a los partidos y organizaciones, que no sin lucha y esfuerzo, se han hecho de la administración pública del Estado.
Por otro lado, debemos apoyar a las expresiones de descontento popular en Chile, Haití y Ecuador en contra de sus entreguistas gobiernos, entendiendo que las dirigencias de estos movimientos son amplias y muchas veces contradictorias e incluso por momentos, limitadas e infantiles (como muestra lo que pasó en Ecuador).

Debemos también, evidenciar las contradicciones del gobierno mexicano, y el posible nuevo gobierno de centro-izquierda en Argentina, para avanzar en la construcción de una sociedad justa que garantice el máximo desarrollo de las capacidades individuales sin atentar contra las necesidades e intereses de la comunidad.
Pero también, debemos mantener una lucha frontal y abierta contra los gobiernos de Estados Unidos y Brasil, para impedir la expansión de un fascismo que cada día gana más adeptos y adeptas entre las clases desposeídas, que encuentran en las soluciones expuestas en los discursos supremacistas, racistas, sexistas y clasistas, la salida a sus míseras condiciones de existencia.

De esta forma debemos enarbolar y mantener hoy más vivas que nunca las consigas de la libre autodeterminación de los pueblos, el internacionalismo proletario, y la solidaridad contra todas las formas de injusticia social. Todo esto, mientras mantenemos en alto la bandera contra el sistema capitalista en cualquier rincón del orbe.