Jorge Caracoza

Tan pronto como murió Ricardo Flores Magón, amigos y enemigos comenzaron a dar forma al mito de que, tanto él como su partido, habían sido agentes marginales de la revolución mexicana; que si bien, Ricardo había hecho grandes contribuciones a la revolución, estas habían servido únicamente para preparar el terreno, y su labor había terminado tan pronto como Francisco I. Madero se había hecho cargo de la revolución a mediados de 1911. Había que “demostrar” la mentira histórica, sostenida todavía hasta nuestros días, de que los hombres y mujeres que fueron a la revolución, lo habían hecho todos con un mismo objetivo.

Pero no es así, las dos fuerzas más vigorosas e importantes de la Revolución mexicana, magonistas y zapatistas, habían ido a la revolución no para darse el gustazo de cambiar de presidente, sino para arrancar la tierra de las manos de los empresarios, para trabajarla para sí mismos, y no para alguien más.

Si bien entre 1906 y 1918, decenas de caudillos políticos izaron sus banderas reclamando para sí mismos la silla presidencial y puestos públicos para sus colaboradores, Zapata y Magón lucharon, aunque separados por miles de kilómetros, para que el trabajador se viera libre de la obligación de trabajar para los empresarios.

A todos nos viene a la mente la icónica imagen de Villa y Zapata sentados en la silla presidencial, y sabemos que existió un vínculo importante entre la revolución del norte y la del sur; sin embargo, Ricardo Flores Magón sigue pareciéndonos un personaje alejado, en el tiempo y en el espacio, y el vínculo que de hecho tejieron magonistas y zapatistas, ha pasado desapercibido por distintas razones.

La historia todavía no conocida

Cuando en mayo de 1911, después de medio año de duras batallas contra los militares porfiristas, Porfirio Díaz renunció a la presidencia, las fuerzas maderistas consideraron que la revolución había dado ya su mayor fruto y que era hora de que todos volvieran a sus actividades habituales. Magón, por el contrario, aconseja a los revolucionarios no dejar las armas, pide en cambio aprovecharlas para tomar posesión inmediata de las tierras de cultivo.

¿Será que Ricardo había cometido un grave error al aconsejar continuar el movimiento armado, en lugar de comenzar un proceso de licenciamiento de los revolucionarios y de colaboración con el gobierno de Madero? Los historiadores dicen que sí, pero la historia no está tan segura de ello…

Magón sabía que la conmoción social había sido causada por razones mucho más profundas que la sola permanencia de Díaz en el gobierno: sabía que no sólo el despotismo político, sino el hambre y la espantosa miseria habían arrojado al pueblo al dilema de matar o morir; sin embargo, la mayoría de los revolucionarios, que ahora se encontraban comiendo de sus puestos públicos en el gobierno de Madero, se engañaban a sí mismos, forzándose a hacerse creer que con la libertad de votar por otro candidato que no fuera Porfirio Díaz, el pueblo podía continuar, día tras día, deslomándose felizmente en las minas y en los campos.

Sin embargo, aunque la voluntad de Magón era inquebrantable, el escenario se había tornado desventajoso para él, y apenas un mes después de la huida de Díaz, Madero consigue que las autoridades de EU encarcelen a los magonistas. La ayuda oportuna de sus camaradas lo libra de la cárcel y le da la oportunidad de presenciar el que fue quizá el evento más importante de su vida: la insurrección zapatista. Apenas habían pasado tres semanas desde el inicio del gobierno de Madero, cuando los zapatistas lanzan el Plan de Ayala, exigiendo la restitución de sus tierras.

Si bien al principio Magón no está completamente de acuerdo con las formas de los zapatistas (sobre todo porque Zapata encarga a Pascual Orozco la dirección del movimiento revolucionario, y porque se habla de pagar indemnización a los hacendados expropiados), advierte en ellos la verdadera causa de la revolución: la lucha por la tierra, y desde entonces los apoya incondicionalmente.

Magón no puede disimular su emoción; en efecto, ya no se trata de un loco expatriado que exige que las tierras les sean devueltas al pueblo; ahora, decenas de miles de campesinos se alistan para continuar la guerra contra Madero, como antes lo habían hecho contra Díaz.

Juan y Manuel Sarabia, Antonio I. Villarreal, Lázaro Gutiérrez de Lara, incluso el hermano mayor de los Flores Magón, Jesús, y todos los antiguos magonistas que abandonaron a Ricardo cuando este se negó a colaborar con Madero se encontraron de repente, frente a frente con la insurrección campesina; habían ido al gobierno con el propósito de “defender” a los humildes frente a los poderosos, y ahora eran ellos los poderosos.

Eran ahora ellos quienes, con los mismos rifles que hacía menos de un año apuntaban a sus cabezas, tenían la tarea de ir a asesinar a los campesinos zapatistas; se habían empeñado tanto en heredar la maquinaria gubernamental de Díaz, que cuando la conquistaron, se hicieron responsables de ella en todas sus partes.

Zapata y Magón habían demostrado tener razón, el enemigo no era uno u otro gobierno, el verdadero enemigo se encarnaba en el principio de propiedad privada. A lo largo de la lucha revolucionaria zapatistas y magonistas se van a acompañar; de hecho, los más importantes cuadros del magonismo, como Fernando Palomares, Antonio de Pío Araujo, Paulino Martínez y Jesús María Rangel, van a sostener una colaboración orgánica con el zapatismo.

Constantemente, magonistas viajaban a Morelos, desde el sur de Estados Unidos, a conferenciar con Zapata, en nombre de Ricardo Flores Magón; Ricardo y Emiliano tuvieron un importante intercambio epistolar, mismo que se encuentra perdido por causa de las constantes detenciones de Magón. Era tal la identificación de Zapata con Ricardo, que le hizo la formal invitación de marchar a Morelos, donde él le proporcionaría todo lo necesario para que continuara editando Regeneración.

Se puede decir decir, sin temor a equivocarse, que la lucha de los zapatistas fue para Magón, durante mucho tiempo, la razón de su propia existencia, porque si bien eran miles los revolucionarios que, bajo distintas facciones (orozquistas, vazquistas, reyistas, etc.), luchaban por repartirse el botín político, los zapatistas le demostraban al mundo que Ricardo había tenido razón todo el tiempo: que la lucha revolucionaria tenía por objeto la tierra.

Cada vez que las fuerzas de la burguesía asestaban golpes a las fuerzas proletarias, Magón cifraba sus esperanzas en el zapatismo; cada vez que las fuerzas proletarias de la ciudad eran burladas por los empresarios, Magón volteaba a ver a los pueblos zapatistas; cuando los grandes teóricos anarquistas europeos se mofaban del zapatista que, según ellos, por ser indígena, religioso y analfabeto era incapaz de luchar por la tierra, Magón salía en su defensa.

Ricardo dedicó sus obras de teatro al zapatista asesinado arteramente por los proletarios de la ciudad que, vaya tragedia para el propio Ricardo, asesinaban a los campesinos en nombre del anarquismo… Zapata y Magón fueron tan parecidos, que sólo las trágicas vidas que llevaron pueden explicar que no tengamos una foto de ellos juntos, no obstante, nos queda el símbolo más duradero de esta colaboración: la adopción, por parte de los zapatistas, del lema que Ricardo Flores Magón les propuso: “Tierra y Libertad”.

Lamentablemente, la alianza entre Magón y Zapata no llegó a tener la fuerza necesaria para derrotar a tiempo a los empresarios, representados primero por Madero, y después por Venustiano Carranza. En abril de 1919 sería asesinado Emiliano Zapata; apenas tres semanas antes, Magón cerraba para siempre las oficinas de Regeneración, yendo de nueva cuenta a prisión, esta vez para ya no salir con vida.

UNA RECOMENDACIÓN

Como ya señalamos, los historiadores han querido presentar a Ricardo como un ausente de la Revolución, pero se equivocan; Ricardo Flores Magón, si bien estuvo preso la mayor parte del tiempo en los Estados Unidos, tenía su razón de ser en cada uno de los miles y miles de campesinos zapatistas; la lucha de Emiliano Zapata era la misma lucha de Magón, pero esto no podremos descubrirlo si no le permitimos a Magón mismo hablar sobre el tema.

Muchos historiadores han hecho un gran trabajo al hablar de la lucha de Zapata, pero con Ricardo Flores Magón, han sido tan impotentes, que ni siquiera nos han podido explicar la trascendencia del vínculo entre Ricardo y Emiliano. A Magón, no hay que leerlo a través de sus historiadores, lo que, por experiencia sabemos, resulta contraproducente.

Gracias a la coordinación de Jacinto Barrera Bassols, el año pasado se concluyó la publicación (por vez primera) de las obras completas de Ricardo Flores Magón, a través de la editorial CONACULTA, publicación iniciada en el año 2000; sólo hasta 80 años después de la muerte de Ricardo pudo iniciarse este trabajo; y llevó 18 años más reunir toda la obra escrita del pensador más importante de la Revolución mexicana, no nos permitamos aprovechar tan magnífica oportunidad.