Este año se conmemora el centenario de la muerte de Emiliano Zapata, el caudillo del sur, quien combatió durante la Revolución Mexicana y fue asesinado el 10 de abril de 1919. Referente de la lucha agraria, es reconocido como un líder campesino popular cuyos ideales de igualdad y justicia han sobrevivido hasta nuestros días. Sin embargo, más allá de su papel de héroe, es necesario reflexionar sobre la figura del Zapata revolucionario, ese del que poco se sabe y se ha intentado ir borrando de la memoria histórica.

Zapata en su contexto.

Para hablar de un personaje como Emiliano Zapata, se debe comenzar por plantear el contexto histórico social en el que actúa. Así, es bien sabido el panorama de desolación que perduró en México durante el régimen liberal y oligárquico que encabezó Porfirio Díaz por 34 años. Con Estados Unidos como principal inversionista y bajo el lema de “orden y progreso”, la modernidad se impuso a sangre y fuego en México a costa de la explotación de la clase trabajadora y campesina, quienes veían cómo unos pocos acumulaban grandes riquezas, mientras la mayoría de la población vivía en la miseria. Ejemplo de lo anterior era el mismo estado de Morelos y el entorno donde creció Zapata. Con las haciendas como principal de producción y los ingenios azucareros como principal industria, sólo un pequeño grupo de 17 personas poseía el 38% del territorio estatal y el 84% de las unidades de producción.

De igual manera, se tenía el constante despojo de tierras a los pueblos indígenas y campesinos, quienes lucharon en defensa de sus territorios pero fueron masacrados, tal como pasó con las tribus yaquis entre 1870 y 1880. Junto a los alzamientos indígenas y campesinos, se encontraban las constantes huelgas obreras como las de Cananea (1906) o Río Blanco (1907), igualmente reprimidas. Lo mismo pasaba con los periodistas y actores políticos que se atrevían a cuestionar al régimen porfirista, siendo perseguidos, encarcelados, desaparecidos y asesinados. Cualquiera que se atreviera a levantar la voz en contra de las condiciones esclavistas que tenían tanto las y los trabajadores en las fábricas como las y los peones en las haciendas, era silenciado a través de la represión. La aparente “paz” que parecía reinar en el país, no era más que resultado de una política represiva que sirvió como método de control político, económico y social, al tiempo que Díaz y su aparato oligárquico parecían perpetuarse en el poder.

No es de extrañar entonces que, ante las contradicciones económicas y sociales generadas por el capitalismo liberal, surgieran varios focos de resistencia, sobre todo a raíz de las crisis económicas mundiales entre 1899 y 1908. Ya los alzamientos indígenas y campesinos junto a las recurrentes huelgas obreras habían mostrado el malestar social que prevalecía en el país, mientras el movimiento magonista, que había hecho un llamado a derrocar al régimen porfirista en 1906, cobraba cada vez más fuerza. Bajo estas circunstancias estallará la Revolución Mexicana, un conflicto armado en el que actuarán diversos grupos, desde indígenas, campesinos y obreros hasta hacendados y terratenientes, cada uno con sus propios intereses.

Zapata y el zapatismo revolucionario.

Nacido en 1879, Emiliano fue testigo presencial de todos los abusos y atropellos cometidos contra los pueblos indígenas y campesinos en Morelos, por lo cual su principal consigna y por lo que luchará toda su vida será por la restitución de las tierras arrebatas por los caciques y hacendados a los pueblos. De esta manera, al darse las condiciones materiales, Zapata y el zapatismo secundarán el llamado a las armas que se hizo en el Plan de San Luis contra el régimen porfirista, redactado por Francisco I. Madero y publicado el 5 de octubre de 1910, luego del fraude electoral cometido en su contra en las elecciones presidenciales llevadas a cabo unos meses atrás. La razón por la que el zapatismo atenderá el llamado será por lo estipulado en el artículo tercero del plan, en donde se establecía que se les restituirían sus tierras a los pueblos despojados, además de que se les pagaría una indemnización por los perjuicios sufridos.

Comenzará así la lucha de Zapata y el zapatismo revolucionario, cuyas demandas serán, en un principio, de corte liberal y local regional, es decir, recuperar las tierras perdidas por parte de los pueblos en Morelos y volver a las formas de organización y producción ancestrales. Sin embargo, poco a poco el movimiento irá madurando políticamente. Para no depender del resto de los movimientos armados que actuaban durante la revolución, se creó el Ejército Libertador del Sur, constituido por las bases zapatistas como una forma de organización independiente desde donde se dará dirección política y militar al movimiento, cuyo lema será “Libertad, justicia y ley”.

Ante la necesidad de un programa político, Zapata proclama el 28 de noviembre de 1911 el Plan de Ayala, en donde se desconoce a Madero como jefe de la Revolución y como presidente de la República, exigiendo se cumplan las demandas del zapatismo. Con el plan de Ayala, el zapatismo rompe con la visión local y regional que se tenía previamente al reconocer el problema agrario como un asunto nacional. Aunque limitándose al agrarismo, se muestran ya aquí algunos principios revolucionarios, pues pretende transformaciones en la base material, que la población no solo sea restituida de sus títulos de tierras y bienes, sino que también tenga acceso a tierras, montes y aguas que serían expropiadas previa indemnización a los ricos hacendados y terratenientes, aunado a la nacionalización y desamortización de los bienes a quienes no apoyaran al movimiento. Finalmente, el plan expone que será una junta de jefes revolucionarios quien designe un presidente de la república interino, convocando este a elecciones para la organización de los demás poderes públicos, siguiendo el mismo procedimiento en los estados, manifestando sus intenciones por democratizar al país.

Con el Ejército Libertador del Sur como dirección y teniendo al Plan de Ayala como programa de acción, Zapata y el zapatismo tendrán independencia política y militar con el resto de los movimientos que actuaban durante la Revolución, estableciendo alianzas estratégicas con algunos de ellos como el villismo, dadas las afinidades entre Zapata y el líder de la División del Norte, Francisco Villa. En síntesis, Zapata nunca traicionará sus ideales y será coherente con su ideología, al no abdicar a favor de ninguno de los gobiernos establecidos durante el tiempo en que se mantuvo en lucha. Se opuso a Madero, combatió al dictador Huerta y se mantuvo fiel al Plan de Ayala ante el ascenso del nacionalismo burgués con el constitucionalismo de Venustiano Carranza. Hasta su muerte, se mantendrá partidario de los principios y no de los hombres.

En aquellas regiones bajo su control, Zapata y el zapatismo llevará a cabo la repartición de tierras, la expropiación de algunas haciendas, el nombramiento de autoridades políticas y militares, la circulación de un papel moneda propio del movimiento y la publicación de toda una serie de leyes que serán complementadas comandos, decretos, manifiestos, circulares y que serían aplicadas. Por desgracia, esto solo se logrará en regiones como Morelos, Guerrero, Oaxaca y algunas partes de Michoacán, Puebla, Tlaxcala y el Estado de México.

Aún atrincherado y aislado el movimiento en su mayor región de influencia, Morelos, ante de su incapacidad de tomar el poder y ante el fracaso de la Convención de Aguascalientes como salida del conflicto armado, sumado a las constantes derrotas de los aliados villistas, el zapatismo seguirá haciendo valiosos aportes a la revolución. Destacan aquí la expedición de leyes que serían trascendentales y que fueron redactadas por zapatistas en el marco de la Convención de Aguascalientes, tales como la Ley Agraria, elaborada por Miguel Palafox, en donde se hacía justicia a los derechos de las y los campesinos, la Ley sobre la Generalización de la Enseñanza, redactada por Otilio Montaño, en donde se establece que será competencia del Estado impartir educación gratuita, obligatoria y laica, designando las instancias encargadas de estructurar y organizar el sistema educativo, y la Ley General del Trabajo, donde se abordan los derechos de los trabajadores.

Con el paso del tiempo, en el ideario de Zapata seguirá madurando, entendiendo que se debía superar la visión parcial que se tenía. Así, Zapata apelaría a la unidad del pueblo mexicano en torno a los principios revolucionarios del movimiento zapatista, invitando al obrero, cuyas demandas se habían dejado de lado en el Plan de Ayala, a que apoyara la lucha agraria del zapatismo, insistiendo en que el obrero encontrará en la repartición de tierras un sustento de vida, al tiempo que expedía mandos y manifiestos en las que se decretaba la reactivación de las fábricas, industrias y talleres, esto con la intención de generar las condiciones de trabajo adecuadas para el obrero. Hacía un llamado, pues, a la emancipación del obrero y del campesino, a combinar esfuerzos y energías para lograr el triunfo de Revolución.

Para reafirmar su pensamiento consecuente, Zapata celebrará el triunfo de la Revolución Rusa. En una carta dirigida a Genaro Amezcua, delegado zapatista en Cuba, establecerá ciertos paralelismos entre la Revolución Rusa, comandada por Vladimir Lenin, y la Revolución Mexicana en la que llevaba siete años luchando. Para Zapata, ambas revoluciones eran y representaban “la causa de la humanidad, el interés supremo de todos los pueblos oprimidos”, un ejemplo de cómo la emancipación de los campesinos y obreros, cuyas conciencias dormidas empezaban a despertar, traerán justicia a los pueblos del mundo. Con esta carta y la aparición del obrero en su discurso, Zapata tratará una vez más de superar la lucha agraria que encabezaba, al reconocerse como parte de los procesos de revolución social que se estaban viviendo en todo el mundo.

Consideraciones finales.

Es un hecho que Zapata y el zapatismo revolucionario se dio cuenta muy tarde de la necesidad que tenía el movimiento del programa obrero para triunfar en la Revolución y tomar el poder. Sus errores tácticos y estratégicos lo llevaron a aislar su revolución agraria a solo unas partes del país, mientras Carranza y el constitucionalismo, con su programa nacionalista burgués, avanzaba en sus conquistas políticas y militares. Los errores cometidos por Zapata lo llevarán a caer en trampas que le costarán la vida. Así, Zapata será asesinado y el zapatismo masacrado, cerrando de esta manera un periodo de lucha social en México.

Sin embargo, Zapata y los principios revolucionarios del zapatismo trascendieron en la historia, no sólo en México sino en otras naciones latinoamericanas. A pesar de la resistencia carrancista, su proyecto político no pudo omitir ni ignorar el problema agrario. De esta forma, una nueva constitución promulgada  el 5 de febrero de 1917 incluirá las demandas de la lucha campesina en su artículo 27, al cual establecerá que las tierras y aguas y bienes minerales comprendidos dentro de los límites del territorio nacional son propiedad del Estado, quien tiene el derecho de transmitir el dominio de ella a particulares; el mismo artículo habla sobre la forma de proceder respecto al reparto agrario, con el ejido como forma de propiedad comunal, y la restitución de tierras a los pueblos despojados. Institucionalizada la Revolución, esto no será realidad hasta los años cuarenta, con Lázaro Cárdenas en la presidencia, aunque con el paso del tiempo irá quedando en letra muerta, sobre todo con la implementación de las políticas neoliberales.

Las lecciones que nos dejan Zapata y el zapatismo revolucionario son muchas, tanto en sus victorias como en sus derrotas. Por un lado, nos ayuda a entender que son las condiciones materiales y sociales las que determinan las formas de lucha y resistencia; que es necesario la existencia de un programa político en el que la cuestión agraria se complemente con la cuestión obrera, pues por si solo el campesinado no será capaz de conquistar el poder político; que un movimiento revolucionario debe mantenerse partidario de los principios, no de los hombres, independiente de otros movimientos reformistas burgueses que solo intentan maquillar la injusticia y desigualdad social en la que vive la mayoría de la población; que la lucha no puede ser sectaria y no debe  limitarse a un sector social o a una región, sino que debe incluir a todos los sectores oprimidos de la sociedad y expandirse a varios frentes; entender que de nada sirve un ideario revolucionario sin la práctica y consecuencia revolucionaria.

Al final, más allá de la figura de Zapata presente en la historia oficial como un héroe nacional, hay que mantener vivos los principios revolucionarios del zapatismo como parte de la memoria histórica colectiva de las y los mexicanos. De nada sirve declarar el 2019 como “año oficial del Caudillo del Sur, Emiliano Zapata” si los pueblos indígenas y campesinos siguen siendo despojados de sus tierras, mientras el pueblo sigue sumido en la explotación y las riquezas siguen siendo acumuladas en pocas manos. Contra eso luchó Zapata y contra ello hay que luchar hoy en día, al grito de ¡ZAPATA VIVE, LA LUCHA SIGUE!