Editorial

La posibilidad de una guerra imperialista se ciñe sobre los pueblos de América Latina. El ascenso de las fuerzas de extrema derecha en los gobiernos de Colombia y Brasil, por medio de Iván Duque y Jair Bolsonaro, bajo el amparo del belicismo norteamericano, ha colocado al gobierno popular de Venezuela frente a una amenaza latente. El intervencionismo militar aparece como la opción de Washington ante los múltiples intentos fallidos de derrocar al gobierno legítimo de Nicolás Maduro, como el de ahora bajo la ridícula autoproclamación del títere de Juan Guidó. Sin embargo, ante lo que parece un inminente ataque, la fuerza popular del chavismo, el bravo sentimiento antiimperialista del pueblo de Bolívar y las Fuerzas Armadas Bolivarianas representan un firme muro para las pretensiones intervencionistas. Es urgente que los pueblos de mundo y las fuerzas comunistas cerremos filas con la Revolución Bolivariana y rechacemos las pretensiones imperialistas que en última instancia pretende saquear el petróleo venezolano.

En México estamos viviendo un momento estelar de la lucha de clases. Los movimientos huelguísticos protagonizados por obreras y obreros maquiladores, desatados en la ciudad de Matamoros, Tamaulipas, que es posible que se expandan a otras ciudades de Tamaulipas, Sonora, Chihuahua y Baja California, han visibilizado las precarias condiciones de vida de la clase obrera. Hoy las y los proletarios del movimiento 20/32, no solo exigen lo que por derecho les corresponde, sino también exponen la explotación que sufren los trabajadores y trabajadoras de la industria maquiladora, explotación que es el origen real de las millonarias ganancias de empresas como Reinfro, Flux Metals, Macalux, Cardinal Brandsentre otras. El ascenso de las huelgas pone en el escenario político nacional, la necesidad de construir una agenda proletaria, que parta de defender irrestrictamente la independencia política de clase y, sobre todo, aspire a hacer valer la máxima de que los intereses de la clase obrera son irreconciliables con los intereses de la burguesía industrial.

Por otra parte, el gobierno de la Cuarta Transformación, por medio de la Camarada de Diputados y el Senado de la Republica, ha impulsado la creación de la Guardia Nacional, la cual significa la continuidad del militarismo –iniciado con Felipe Calderón y continuado con Peña Nieto–, en las tareas de seguridad pública. La Guardia Nacional alberga en su interior un peligro inminente, no sólo porque no es un cuerpo civil o porque pretende lavar la cara a una de las instituciones más corruptas y que más violentan los derechos humanos, sino porque otorga un gran poder político las fuerzas castrenses. Lo más preocupantes es que al parecer la aprobación de la Guardia Nacional no tiene de fondo la preocupación por mejorar la seguridad pública o combatir la lacerante inseguridad que afecta al pueblo de México, sino concretar los acuerdos políticos entre Andrés Manuel López Obrador y las Fuerzas Armadas. La apuesta de los epígonos de la Cuarta Transformación es confundir al pueblo bajo los argumentos de que es una desmilitarización gradual o que las fuerzas castrenses son de mayor confianza que las fuerzas policiacas, argumentos que resultan, no sobra decirlo, ofensivos ante la memoria de un pueblo que ha derramado sangre a mano de los militares. Incluso se atreven a decir que debemos confiar en la ética del presidente de la república, “que AMLO no se atreverá a usar las fuerzas armadas contra el pueblo”.

Pero el problema no radica en el ejército como institución, sino en los intereses clasistas a los que representa. Fue el ejército una de las fuerzas que más apoyaron e impulsaron el ascenso de Bolsonaro en Brasil, pero también es una de las fuerzas que mantiene el proyecto Bolivariano en Venezuela. El ejército como tal tampoco es el problema en México, sino el uso clasista que se le da. El nuevo proyecto político que encabeza el gobierno federal entiende esto, por eso es vital para él tener al ejército de su lado, fuera de toda influencia de las fuerzas políticas adversas, incluidas las expresiones comunistas y socialistas.

En este contexto, de avance la derecha imperial, de ascenso del movimiento obrero y perpetuación del militarismo, una de las lecciones para las fuerzas comunistas es que debemos entender que no basta la movilización sin perspectiva a largo plazo. Es necesario, exponer nuestro programa mínimo, agitar en torno a las propuestas de los comunistas para cada problema concreto que lacera al pueblo.  Es necesario disputar políticamente y acumular fuerza para avanzar en las conquistas democráticas del pueblo sin caer en la hegemonía del gobierno nacionalista de AMLO, pero sin perder el horizonte, sin olvidar que en el capitalismo es imposible llevar las reivindicaciones democráticas hasta las últimas consecuencias.

¡Por el derecho de la libre autodeterminación de los pueblos!

¡Por la unidad de la clase trabajadora, venceremos!

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