Emiliano Raya

La explosión de una toma clandestina de gasolina, en un perdido municipio del central estado de Hidalgo, desató la histeria colectiva. Al mismo tiempo que se propagaba el fuego, las culpas se repartían. Sin embargo, pronto dos tendencias se definieron: “Fue culpa de los pobladores/huachicoleros que participaron en el hurto del combustible” o “fue culpa del gobierno/ejército que no evitó (por todos los medios posibles) la tragedia”.

El debate por sancionar a víctimas y victimarios es tan estéril como una mula. Esto se debe a un vicio de origen en el debate. Las personas que murieron por la explosión, tenían ese trágico destino trazado desde mucho tiempo atrás. Ya estaban muertas, solo no les habían avisado.

La explosión en concreto, pero todo lo que rondaba en torno al problema del robo de combustible no se debe entender como un accidente aislado, o un mecanismo “exclusivo” de algunos delincuentes para hacerse de dinero. Son las formas en las que opera, funciona y se sostienen las injustas condiciones en el país y el mundo. Circunstancias que permiten a un sector muy minoritario acceder a fortunas que crecen a razón de 2,500 millones de dólares por día.

El que fueran o no fueran a la toma clandestina, no cambiaba su infeliz destino. De una u otra forma, su vida tenía que servir para garantizar que empresarios pudieran ganar más de 10 mil millones de pesos en gasolina robada.

En perspectiva. La gente que roba 200, 300, 500, 2 mil pesos de gasolina, permite que los empresarios ganen 10 mil millones de pesos. No fue un accidente, así funciona el país.

Lo que demostró lo acontecido en Tlahuelilpan es que en este mundo hay personas nacidas para ser consumidas. Que pueden morir en una explosión por recoger de manera ilegal algunos litros de gasolina, o bien pueden morir en la cárcel (como las 7 personas del penal de La Loma en Veracruz o las 28 de una cárcel en Acapulco el año pasado) mientras purgan condenas por robos menores a los 2 mil pesos. O también podían ser uno de los 33 mil 341 homicidios registrados en el 2018.

O podrían alargar su muerte algunos años y ser parte de los 62 millones de personas en el país, la mitad de la población, a quienes su ingreso es insuficiente para adquirir la canasta básica. Es decir, parte de la mitad de la población que no puede comer con lo que gana legalmente.

El camino que hubieran escogido estas más de 90 personas, los conducía a un mismo destino. Un rumbo del cual no podían escapar. La ignominia de la muerte. Pero esas muertes, que hoy son tan evidentes e impactantes pero que la mayoría de los días pasan desapercibidas, son necesarias para mantener la vida, la muy cómoda vida de unas cuantas gentes. Así, intempestiva o un poco más lenta; mediática o silente; pero siempre trágica e inhumana, es un sacrificio necesario para mantener al mundo tal y como lo conocemos.

Sin estas muertes México no podría ser el país más desigual de los que conforman la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).  Sin estas muertes los cuatro hombres más ricos del país no podrían concentrar el 9% del PIB. Tampoco podría ser el país, del llamado G24, con la menor tasa de tributación a las empresas, es decir, el país donde las empresas pagan menos impuestos, con apenas el 10.9% del PIB.

Sin las millones de sentencias de muerte, México no podría tener a Carlos Slim, uno de los hombres más ricos del mundo quien, según datos de la OCDE, hizo que el pueblo mexicano pagara 25.8 mil millones de pesos de más cada año (lo equivalente a 1.8% del PIB del país) gracias a que controla el mercado de las telecomunicaciones. Sin éstas, tampoco se hubieran podido firmar contratos ilegales por 7 mil 670 millones de pesos entre el gobierno federal de Peña Nieto y diversas universidades públicas y empresas privadas.

Además, sin estos sacrificios involuntarios, Pemex no estaría importando el 75 por ciento de la gasolina (576 mil 600 barriles diarios), ayudando a convertir a Estados Unidos, su principal proveedor, en el primer productor mundial de crudo.

El fracaso de un mundo

Para revertir esta situación es necesario entender que:

1.- A lo que asistimos de manera diaria, no es a un tribunal entre víctimas y victimarios, sino a una batalla de la que surgen vencedores y vencidos. Lo que se enfrenta todos los días son dos visiones de mundo. Una donde una pequeña, pequeñísima parte de la población consume indiscriminadamente la vida de un amplio, amplísimo sector social que, por su parte, se niega a morir en la miseria y busca por todos los medios salir de ella.

2.- El problema del robo no es un acto “aislado”, “excepcional”, es un mal necesario para que los empresarios puedan incrementar su ganancia. Sin el hurto, el robo, la usura, el crimen, la mordida, la corrupción, ser empresario no es un negocio redituable.

3.- El desabasto de gasolina, es ocasionado no sólo por el combate a un tipo de negocio (el robo de combustible), sino por la dependencia irracional que algunas empresas multinacionales han sometido a la humanidad. Depender, casi exclusivamente, de los automotores que queman combustibles fósiles, ocasiona que, ante cualquier retraso o problema con el suministro de estos, se susciten situaciones de crisis colectiva.

Es necesario, urgente, imperioso, movernos a un mundo donde lo colectivo prime sobre lo individual. En donde la movilidad sea un verdadero derecho y este garantizado para toda la población. Donde el transporte sea eficiente, público, barato, seguro, cómodo, ecológico, puntual. En donde el consumo de energía sea racional, limpio y garantice una relación sana con nuestro medio ambiente y no una relación de competencia depredadora.

Pero, sobre todo, es necesario un mundo donde los vencidos históricos, tengan derecho a una vida digna y justa. En donde la pregunta no sea de qué trágica manera van a morir, sino de que decorosa forma van a vivir. En donde los vencidos, se conviertan en vencedores.