Emiliano Raya

El estallido de múltiples huelgas en empresas maquiladoras de la ciudad de Matamoros, Tamaulipas a inicios de enero, mismo que para estas fechas se ha dispersado por todo el estado y en otros sectores, motivó el surgimiento de una interrogante cuya respuesta puede arrojar luces la táctica a seguir por parte del movimiento obrero: ¿Por qué en Matamoros? Si bien la zona norte del país es el espacio icónico para el asentamiento de industria de tipo maquila, ¿por qué las huelgas no estallaron en Tijuana o Ciudad Juárez en donde hay más empresas y más trabajadores?

Además, si el aumento salarial del doble afectó solo a la frontera norte, ¿por qué no fueron las y los obreros del resto del país, mismos que no se vieron beneficiados por esta alza salarial, quienes se lanzaron a la conquista de una mejora? La respuesta: El sindicalismo

La huelga, un derecho en peligro de extinción.

Antes de explicar el por qué del sindicato como la diferencia medular entre la lucha obrera de los diferentes espacios nacionales, es necesario detenerse en la importancia que el masivo estallamiento de huelgas en Tamaulipas representa en la historia reciente de México.

El ejercicio de la huelga como un mecanismo de presión obrera vino sensiblemente a la baja en los últimos años. Tan solo del 2016 al 2018 estallaron solo 5 huelgas en todo el país. Así, el sexenio de Peña Nieto, fue el sexenio con menos conflictos de este tipo, con apenas 22, mientras en el de Felipe Calderón la cifra fue de 111 y en el de Fox alcanzó los 267. El sexenio de Enrique Peña también brilló por la reducción en los emplazamientos a huelga, con 43,710, de los 67 414 registrados del 2006 al 2012.

Esta disminución, tanto en las huelgas como en los emplazamientos, según expertos en el área laboral, es el resultado de adversidades que enfrentan los asalariados. Por ejemplo, el miedo de las y los obreros a la amenaza de las patronales de irse a un lugar con condiciones “más favorables” (es decir, con peores condiciones laborales); a la débil legislación laboral mexicana (que impone trabas a las y los trabajadores y facilita la explotación de las empresas); la corrupción de las autoridades en materia laboral (que mantienen al tanto a las compañías de cualquier intento de organización obrera); y un férreo y corporativizado control sindical.

Esto último, no obstante, representa un arma de doble filo. Porque a diferencia de las demás desfavorables condiciones a las que se enfrentan los obreros y obreras, en el sindicato tienen la posibilidad, legal y real, de incidir, de tomarlo por asalto.

Las contradicciones del sindicato

Una de las principales características, y fortaleza, de las empresas maquiladoras, es su capacidad de adecuarse a las condiciones concretas del lugar en el que se instalan. Las plantas maquiladoras son capaces de acondicionarse y aprovechar las particularidades físicas de una ciudad, sus recursos urbanos, naturales, pero también las singularidades de la mano de obra. Por eso en cada ciudad donde hay maquiladoras, las formas de explotación difieren, no en diferencias sustanciales, pero si se pueden observar algunas disparidades, por mínimas que sean.

Una de estas diferencias es la relación que las empresas guardan con los sindicatos. Cada ciudad del país en las que esta industria se convierte en predominante, establece relaciones muy particulares con las organizaciones obreras. Por ejemplo, en Tijuana, las maquiladoras optaron por impedir la sindicalización masiva de trabajadoras y trabajadores, no obstante, para “cumplir” y aparentar ser empresas “modernas”, permitieron la existencia de algunos sindicatos, pero con sus particularidades. Estos sindicatos maquiladores fueron conocidos como “sindicatos fantasmas”. Organizaciones creadas por abogados laborales, cercanos a la Junta Local de Conciliación y Arbitraje, cuyos secretarios generales nunca trabajaron en las empresas que representan, las y los trabajadores no los conocen, nunca han oído de ellos, incluso no pagan cuotas sindicales (porque establecen acuerdos económicos directamente con el patrón) y se encargan de mantener contralada a la planta laboral.

No obstante, hubo otros espacios en los que las compañías no fueron tan “ingeniosas” y se conformaron con utilizar la maquinaria existente de los sindicatos oficiales, corporativos o blancos, que les sirven para controlar a la fuerza de trabajo, mantenerla sojuzgada y, en caso de que esta se altere, fungir como el primer dique de contención, como lo hacía el Sindicato de Jornaleros y Obreros Industriales y de la Industria Maquiladora en Matamoros, fundado inicialmente en 1932 para representar a los trabajadores de las plantaciones de algodón,

Pero, estos sindicatos tienen algunas desventajas. Al funcionar bajo un esquema clientelar, los sindicatos fundan su legitimidad en el apoyo de las fuerzas obreras, aunque para garantizar esta legitimidad, recurren a la compra, intimidación, coerción o la violencia. Esta necesidad de legitimación los obliga a tener una relación, por menor, pobre y falsa que esta sea con la base trabajadora, y a “ceder” a algunas de las peticiones obreras. Como modelo para esta afirmación, se puede utilizar al mismo sindicato arriba mencionado, el cual logró conseguir contratos colectivos de trabajo muy superiores a los del grueso de la industria, con el objetivo “agradar” a sus agremiados y agremiadas, siempre insuficientes para garantizar una vida justa y digna a la fuerza laboral.

Esto (además de las condiciones de las leyes mexicanas) explica por qué, lo pocos y efímeros ejercicios de huelga que se dieron el año pasado en las maquiladoras, estaban ligados a sindicatos. Como muestra, la huelga en la planta de la empresa Leoni, en Hermosillo, Sonora; o el emplazamiento a huelga que interpuso el Sindicato Industrial de Trabajadores en Plantas Maquiladoras, a la empresa Aptiv, en Ciudad Victoria, Tamaulipas.

Esta misma ventaja fue la que supieron aprovechar las trabajadoras y trabajadores de Matamoros, que utilizaron al sindicato como un instrumento de lucha legal para impulsar las huelgas, ya que desde el principio del movimiento, los sindicatos, trataron de contener los ímpetus obreros, no obstante, la convicción y claridad de estos últimos, se pudo sobreponer a los liderazgos caciquiles.

 

La amenaza del empresariado

La virulenta reacción del empresariado (que a diferencia del movimiento obrero, en sus momentos de crisis se cohesiona), se enfocó en repetir hasta la náusea las mismas trilladas frases de toda la vida. En un comunicado firmado por cinco agrupaciones empresariales, incluida la Index (Consejo Nacional de la Industrial Maquiladora y Manufacturera de Exportación), las y los empresarios se desbocaron en diatribas contra las peticiones de las y los huelguistas. “Inaceptables e imposibles de asumir”, dijeron las patronales sobre las demandas de incremento salarial y pago de bonos que piden las trabajadoras y trabajadores de la maquila.

Junto a esto, se les acusó de ser una mala influencia, de “contaminar” otros sectores industriales y comerciales (como la planta de la Coca-Cola) en la misma ciudad, y de ocasionar que Matamoros se convierta en un lugar “poco atractivo” para la inversión de capitales, sobre todo extranjeros. Para los empresarios, la exigencia obrera de un salario que les permita dignificar su vida, es igual a matar la gallina de los huevos de oro. Nada más falso.

Sin embargo, el mejor mecanismo de presión, sobre todo de las plantas maquiladoras, es la amenaza de abandonar la ciudad si no se garantiza “la seguridad de su inversión”. Esta estrategia la han utilizado desde que la primera planta maquiladora que se fundó en México, se vio inmersa en un conflicto laboral.

Aunque la amenaza de las maquiladoras raras veces se cumple, lo cierto es que si tiene condiciones para hacerla efectiva. Es decir, si las empresas deciden que es más rentable localizarse en algún otro lugar donde la mano obrera es mucho más barata, tienen todas las condiciones para irse, sin que legalmente estén obligados a nada. Así, una empresa maquiladora puede decidir reinstalarse en otra ciudad de México, o e ir a parar a algún pequeño pueblo de algún país del sudeste asiático que acepte sus condiciones. De esta forma las empresas plantean a sus trabajadores y trabajadoras la siguiente disyuntiva: “O nos dejan matarlos de hambre aquí, o vamos a matar de hambre a trabajadores de otro lugar”.

El cinismo de las empresas es inverosímil. Lo que menos les importa es la calidad de vida de su fuerza de sus trabajadores. El problema es que la amenaza es latente y una forma de solución innegable.

Las lecciones de Matamoros 

¿Qué debemos aprender del histórico movimiento en Matamoros?

Lo primero, es que estas masivas huelgas son la evidencia tangible de que los intereses de la clase obrera y la burguesía son, en última instancia, irreconciliables. Llegará un momento en que por más que se quiera, no se podrá darles gusto a todos, se tendrá que decidir entre estar del lado de la justicia o de la injusticia.

Pero, para que en esta última instancia sea el movimiento obrero el que tenga las mejores armas, es imperioso entender que la organización de la clase es forzosa. Para esto, es necesario iniciar por algún lugar e incentivar a quienes ya se han levantado.

Es necesario impulsar la formación de un nuevo Sindicato Independiente Nacional de la Industria Maquiladora, al ser este sector un espacio estratégico en la lucha. No obstante que el sindicato no sufre su mejor momento; no obstante que la embestida mediática ha logrado que la misma fuerza laboral identifique al sindicato como su enemigo, es esta la única forma de organización reconocida capaz de garantizar, en términos legales, las disputas más amplias en el terreno laboral. Los sindicatos no tienen por si mismos calidad moral, esta se la otorgan sus dirigencias y agremiados.

La fuerza de las empresas maquiladora radica en su capacidad de moverse por el país. He ahí su mejor arma para presionar y negociar soluciones favorables a ellas. Por lo tanto, hay que impulsar un sindicato nacional que garantice que las maquiladoras no puedan usar esta facilidad de deslocalización y relocalización como mecanismo de presión contra el movimiento obrero.

Junto a este nuevo sindicato hay que exigir una Reforma Laboral real, que este pensada en garantizar y facilitar la organización y lucha de las y los obreros. No una Reforma que piensa en servir al empresariado, y este disfrazada de “neutralidad”.

La legitimidad de la lucha en Matamoros coloca al movimiento como el referente ideal para impulsar este Sindicato Independiente de carácter nacional y la lucha por una reforma laboral con verdadero espíritu obrero. Son ellos y ellas quienes deben convocar a la creación de un nuevo sindicalismo nacional, poniendo el ejemplo. Nuestro compromiso debe ser garantizar el crecimiento de esta organización en los espacios donde se tiene influencia.