Jorge Cracoza

Yo estaba en Estados Unidos cuando apenas comenzaba el siglo XX; como muchos, en ese entonces y aún ahora, creía que era América una tierra de libertades, bien pronto me di cuenta de que no era así: los Estados Unidos se habían construido sobre los sufrimientos de los pueblos de todo el continente americano. En mi vida no vi gobierno en toda América que no contara con la aprobación del gobierno estadunidense, y que a su vez no correspondiera dicha aprobación, desgarrando a su pueblo en favor de los imperialistas yankis.

Llegué a Estados Unidos en 1904: junto a mis compañeros de lucha, huimos de México cuando nuestra labor como periodistas se vio amenazada por el gobierno de Porfirio Díaz; habíamos decidido utilizar el periodismo como tribuna para denunciar la corrupción gubernamental y la explotación de los mexicanos por parte de los empresarios nacionales y extranjeros, sobre todo estadunidenses. En la mina de Cananea protestamos contra un salario inferior al de los empleados yankis y contra una jornada laboral de hasta 12 horas. En Río Blanco, Veracruz, evidenciamos la complicidad del gobierno mexicano con los intereses de los capitalistas extranjeros. El México bárbarode las plantaciones de Oaxaca y Yucatán demostró que la esclavitud era una realidad en nuestro país.

En todas partes donde afectábamos los intereses de los capitalistas estadunidenses, se nos encarcelaba, se nos mataba, por decenas, por cientos, por miles; sin duda, a mexicanos y cubanos nos hermanan no solo la misma lengua y el mismo pasado colonial, sino el tener al mismo enemigo, encarnado en la figura de los imperialistas y oculto detrás del trapo de las barras y las estrellas.

Pero ¿para qué os cuento todo esto si lo habéis vivido en carne propia? Después de todo, ¿qué es la historia de Cuba, si no la historia de México, la historia de América Latina, la historia de Asia, África y Oceanía?

Como vosotros, sufrimos la persecución, el encarcelamiento, la difamación en México, en Estados Unidos, en Canadá, a donde quiera que íbamos. El capitalismo es como la hidra, un monstruo de muchas cabezas, capaz de extender sus garras a cualquier ámbito de la vida y a cualquier lugar del globo.

Incontables veces, vi los barcos de guerra zarpar de las costas de Estados Unidos; a veces iban a México, otras veces a Nicaragua o Guatemala, iban y venían, primero a cada rincón de América, después fueron a Asia, a África…  una noche los vi navegando hacia Cuba, pero cuando esos barcos de guerra volvieron, no llegaron celebrando, como hacían siempre.

Pronto me enteré: en Cuba, los capitalistas norteamericanos no habían ido a pactar con un gobierno, ni a negociar con una facción política, era el pueblo lo que se habían encontrado, el pueblo revolucionario de Cuba. En Cuba no había un Francisco Madero o un Venustiano Carranza con quien negociar, no había quien estuviera dispuesto a apuñalar por la espalda a su propio pueblo, y si lo había, el pueblo cubano se había cuidado muy bien de no ponerlo al frente de la lucha.

Existe un tipo de dirigentes que no aparece en los libros de historia, un tipo de dirigentes para quienes el llamado derecho de propiedad privadano es algo sagrado, y así como nosotros elegimos a Emiliano Zapata para dirigir la lucha, vosotros habéis puesto mucho cuidado en la elección de vuestros dirigentes, que, como veis, no os han traicionado, y no habéis de tener miedo a la traición, puesto que la dignidad de vuestro pueblo no reside en vuestros dirigentes, sino que es de vosotros de donde vuestros líderes obtienen su fuerza, y no al revés.

Lo que lograsteis, pueblo de Cuba, no es cualquier cosa, y deberíais estar orgullosos por ello. Combatisteis y vencisteis en Playa Girón a un enemigo mejor pertrechado. Habéis soportado el eterno bloqueo económico como difícilmente lo hubiese hecho otro pueblo en el mundo, y lograsteis el mayor nivel de nutrición, educación y atención a la salud de todo el continente.

Descubristeis a tiempo que no basta con echar del gobierno a sus funcionarios, que no bastaba con cambiar al presidente por uno nuevo, uno más joven o más estudiado; la opresión es como un árbol, un árbol que no importa cuántas veces sea cortado, retoñará una y otra vez mientras su raíz no sea removida, arrancada de cuajo y echada al fuego, y vosotros habéis comprendido dónde hallábase la raíz, y comprendisteis asimismo, que esa raíz debe ser arrancada de manera violenta, con las armas en la mano.

Al igual que vosotros, obreros y campesinos de Cuba, nosotros los mexicanos organizamos una Revolución, sin embargo, cometimos un error imperdonable: antes que tomar la tierra y las fábricas para trabajarlas por nuestra cuenta, como ustedes habéis acertadamente hecho, quisimos encontrar un hombre que lo hiciese por nosotros. Algunos recurrieron a Madero, otros a Venustiano Carranza, otros más a Álvaro Obregón. Estábamos tan ansiosos por librarnos de nuestras cadenas, que nos echamos en brazos de aquellos mismos contra los que nos habíamos rebelado; no cabe duda que, como decía el camarada Lenin, lo urgente generalmente atenta contra lo necesario

“La emancipación de los trabajadores debe ser obra de los trabajadores mismos”, siempre lo he tenido muy claro, pero a diferencia de vosotros, los mexicanos no lo comprendimos a tiempo, nos sentimos incapaces de obrar por nuestra cuenta, y buscamos a alguien que nos indicase el camino.

Desde la prisión en Estados Unidos, grité desesperadamente a mis compatriotas revolucionarios, que no debían sentir miedo de reclamar para sí la propiedad de los ricos, puesto que dicha propiedad no es otra cosa que el trabajo acumulado de los obreros mismos, de sus padres y de sus abuelos. Sin embargo, no atino a decirlo con seguridad, no sé qué pasó, sólo sé que no lo hicieron, no se apropiaron de sus herramientas de trabajo. Lucharon como bravos, quién lo duda, no fueron sino leones en el campo de batalla, pero no se atrevieron a desafiar el principio de la propiedad privada, en lugar de ello se apresuraron a restaurar el gobierno, un gobierno que año con año se parecía más y más al que los había hecho poner las manos sobre los fusiles.

Lamentablemente, resultaba muy difícil darse cuenta de esto, pues la burguesía mexicana, supeditada a la burguesía estadunidense, había cobrado mucho prestigio en la figura de Francisco Madero. Los trabajadores mexicanos del campo y la ciudad renunciaron inconscientemente a la posibilidad de constituir su propio movimiento político, su propio partido: los dirigentes revolucionarios en México, traidores unos, ingenuos otros, cayeron de lleno en las garras de la burguesía, por no haber comprendido a tiempo que la revolución no se hace para encumbrar a un hombre, ni para consolidar un gobierno, la Revolución se hace para poner en manos de los trabajadores todas las riquezas de la Nación.

Las fábricas, los trenes, los puertos, y en general todo cuanto veis, es resultado de la obra de generaciones y generaciones de obreros manuales e intelectuales, y la Revolución tiene que, en primer lugar y antes que cualquier otra cosa suceda, realizar la devolución a la clase obrera de todo aquello que, a través de la historia, ha creado con sus propias manos, carreteras, casas, hospitales, máquinas, industrias… en una palabra: la civilización.

Sin embargo, y pese a la lucha tenaz que sostuvimos, primero contra la tiranía de Porfirio Díaz, después contra la de los capitalistas nacionales y extranjeros, aún no hemos logrado lo que vosotros, pueblo de Cuba, lograsteis: la expropiación de los bienes que detentan los ricos.

Y es esta, y ninguna otra, la causa de que hoy por hoy, millones de mexicanos se vayan a dormir atormentados por la incertidumbre del pan de mañana, alquilen sus brazos en trabajos desagradables y mal retribuidos, y se encuentren ante la expectativa de una vejez tristísima y de una muerte de animal. En otras palabras, el no haber expropiado a los capitalistas, habiéndonos conformado con la redacción de una Constitución nos tiene hoy, incluso más que cuando organizamos la Revolución, sumidos en la miseria.

Reventar de miseria es el castigo reservado a los pueblos que buscan en un hombre su salvación.

Camaradas de Cuba, de México y del mundo entero:

Los revolucionarios anticapitalistas sostenemos un principio que se eleva por encima de cualquier otro: que todo ser humano, por el sólo hecho de venir a la vida, tiene derecho a gozar de todas y cada una de las ventajas que ofrece la civilización; asimismo, comprendemos que para cumplir este objetivo hay un único camino: el desconocimiento de la propiedad privada de los capitalistas, pues sólo así se pueden obtener los recursos económicos necesarios para satisfacer las necesidades de los trabajadores y de sus familias.

Hermanos cubanos: habéis hecho una Revolución más grande que nosotros mismos, no os rindáis, vuestro ejemplo aún está por ser aprendido por los pueblos de América y el mundo. Encontraréis dificultades, pues el imperialismo no descansa, los “gusanos”, como bien habéis llamado a los contrarrevolucionarios, estarán siempre al acecho, mas serán siempre menos que vosotros, y no tendrán nunca vuestro valor y vuestra moral.

Demostrasteis que, si bien es deseable que la Revolución sea llevada a cabo primero en los países desarrollados, es un crimen proponer a nuestros países subdesarrollados esperar pacientemente a que nuestros hermanos del Norte den el primer paso, mientras nuestros pueblos se desgarran de hambre y de dolor.

Camaradas, continuaremos viéndonos en los campos de batalla, en cualquier tiempo y lugar donde sea que se libre la lucha contra el Capitalismo. ¡Salud y Revolución!

¡Tierra y Libertad!

-Signado en ninguna fecha y en ningún lugar: RICARDO FLORES MAGÓN

(Trabajo basado en el “Manifiesto del 23 de Septiembre de 1911”, de la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano, y el discurso pronunciado por el comandante Fidel Castro Ruz en la Segunda Asamblea Nacional del Pueblo de Cuba, celebrada el 4 de febrero de 1962)