Emiliano Raya

Recordar siempre es problemático. Recordar siempre abre la puerta al conflicto, sobre todo cuando lo que se recuerda es un suceso social que algún sector se ha esforzado por sojuzgar en el olvido, ya sea porqué le avergüenza, ya sea porqué le presenta el problema de mermar su legitimidad al evidenciar que sus lisonjas son producto de años, lustros o décadas de injusticias heredadas. Recordar, traer al presente el Movimiento Democrático-Estudiantil de 1968 en México, representa esto, un conflicto entre los que nos sabemos herederos de uno u otro bando.

Durante 50 años, diversos colectivos y organizaciones sociales se han propuesto el rescatar la verdad sobre lo acaecido en el otoño de 1968 en la Plaza de las Tres Culturas. Nada más revolucionario que la verdad. Nada más revolucionario que exigir justicia, el resarcimiento del daño y el castigo a los culpables materiales e intelectuales de un acto a todas luces dañino para una sociedad que se autodefine y se autoasume como democrática.

No obstante, este ejercicio, este proceso de rememorar el 2 de octubre como la fecha icónica del movimiento de 1968, ha traído consigo sus propias contradicciones. El esfuerzo por construir herramientas mnemotécnicas que permitan evidenciar la injusticia, ha liberado monstruos que se vuelven cada vez más difíciles de contener. Por ejemplo, ha relegado a un segundo plano histórico la heroica defensa que el estudiantado politécnico hizo de sus planteles, defensa en la que cayeron los primeros muertos. O ha ubicado una fecha, fatídica y traumática sin lugar a dudas, como el vórtice del análisis del 68.

Esto último ocasionó que el resto del movimiento, sus posiciones políticas, sus métodos de lucha, sus consignas, su propuesta democrática, su ejercicio de poder, quedaran subordinadas al 2 de octubre. Como si lo importante del movimiento fuera la muerte per se y no las causas del funesto desenlace. Pareciera que lo importante es el número, la magnitud, la impresión cuantitativa de la barbarie, más que el motivo (siempre político, siempre por el poder) que llevó al Estado mexicano a tomar la mortuoria medida. Se obliga así a la memoria a hacerle una especie de culto a la necrosis política, relegando a un segundo plano, a un espacio menor, al mero papel contextual al enfrentamiento político que, contra el gobierno y el Estado mexicano, propuso el estudiantado mexicano.

Un problema más: la muerte se divide entre las de primera y las de segunda categoría. Para esta memoria victimista no valen los mismo los 32 asesinatos cometidos contra los activistas del Movimiento del 68, que los cientos de muertes del 2 de octubre. ¿En qué radica la importancia de unas y no de otras? Pareciera que es el número lo que determina el nivel de la indignación.

Es cierto que ya desde el 68, durante el mismo Movimiento, se comienza a gestar esta práctica política funeraria. Monsiváis narra la manera en que, durante una manifestación el 5 de agosto de 1968, convocada por estudiantes del IPN, en la que no faltaron los elementos represivos, se inicia “una práctica que desconcierta”: de pronto, el grueso del contingente empieza a contar desde el número uno y llegando al 22 hace una pausa y grita “¡23 Muertos!”. La cuenta está embestida de lo que Monsiváis llama un “júbilo funeral no muy comprensible”. Esta práctica se popularizará y se le irán agregando el número de difuntos hasta llegar al grito de “¡32 Muertos!”.  Ante esta luctuosa acción, el cronista se pregunta y ofrece una respuesta al porqué del ritual funerario:

¿Por qué se adopta tan rumbera necrofilia? No porque los muertos no importen, ni siquiera porque el carácter unilateral de las defunciones abona el desprestigio histórico del gobierno, sino porque anima en demasía cobrarle deudas a la represión. Antes, las víctimas desaparecían para siempre. Ahora, así sea sin nombres, se les echa en cara a sus victimarios. El mecanismo es muy simple, pero no despoja al rosario luctuoso de su carácter de mango dispararte, ni hace menos penosa la falta de investigación al respecto. Si el gobierno lo controla todo y es casi imposible averiguar con eficacia la cifra de hazaña. “¡¡32 MUERTOS!!!”, es decir, 32 pruebas fehacientes de la monstruosidad priísta. Se pudo escoger cualquier otro dígito, lo importante era afinar el resentimiento.

Es cierto, los muertos hablan, gritan, incitan, luchan y a veces ganan desde la tumba. En el verano-otoño del 68, recordar a los muertos es una actitud subversiva y contrahegemónica porque vulnera y desnuda las contradicciones estructurales en las formas de ejercer el poder de una clase dominante. Durante el 68 cantar y contar a los muertos, es un acto político porque en los muertos esta la esencia de la propuesta política de un Movimiento que se pretende convertir en un aliciente para la clase, para su clase dominada.

Pero las consignas tienen su espacio y su tiempo. Hace 50 años, eran curiosamente las y los que ya no estaban, quienes representaban la evidencia tangible de la necesidad de un cambio. Hoy, recordar los fallecimientos sólo por la atrocidad o número de los mismos, pierde su significado político y cae en una reivindicación que no atenta contra el poder, por lo tanto, es fácilmente consumible y digerible por los herederos de los victimarios. El exigir justicia a los muertos y las muertas, sin preguntarse por qué fueron victimados, es hoy un acto que en nada atenta contra el poder, por lo tanto, es un acto superficial propio de la pequeña política.

El giro epistemológico. De vencidos a víctimas.

Desde la década de los 60, se comenzó a gestar en el mundo académico una posición que se consolidará como una “tercera vía” contra el capitalismo: el posmodernismo. Presentándose con diversos nombres (giro lingüístico, historia cultural, etcétera), esta corriente reivindica la imposibilidad de la modernidad capitalista y su marco epistemológico para dar salida a todas las injusticias que se reproducen en el mundo. Pero también, niega la posibilidad revolucionaria del comunismo, y su andamiaje conceptual conocido como marxismo, de poder dar una solución viable a las contradicciones sistémicas.

De esta forma, autores como Foucault, Derrida y Hayden White, se lanzaron en una santa cruzada intelectual contra la categoría de clase social y todo lo que gravitaba en su entorno. Su propuesta radicaba en liberar de las ataduras dogmáticas del marxismo que, mediante la categoría de la “lucha de clases”, pretendía explicar la necesidad de una transformación del mundo. Así, opusieron a la categoría de clase social otras como las de género, etnia, raza y juventud que, de acuerdo a sus lecturas, eran en las que se encarnaba la verdadera esencia subversiva. Contra la lucha de clases, propusieron la disputa por el lenguaje y el relato, argumentando que el mundo era dominado por quienes tenían las herramientas lingüísticas para nombrarlo.

Para el movimiento del 68, este giro se hizo evidente en la forma en que diversas expresiones intelectuales, tanto nacionales, como Elena Poniatowska, o internacionales, como Oriana Fallaci, recuperaron la memoria del 68.

Fallaci por ejemplo, en su libro Nada y así sea, la periodista italiana relata sus impresiones sobre el Movimiento mexicano de 1968, y deja ver la concepción que la periodista tenía de los jóvenes mexicanos movilizados.

“Me habían impresionado aquellos miles de muchachos. Porque son muchachos sabes, 13, 14, 16, 18, lo máximo 23 o 24. Chicos pobres, además, porque de los estudiantes mexicanos, sólo una pequeña parte son hijos de burgueses, la mayoría son hijos de campesinos, de obreros y en su mayoría pertenecen al Politécnico… Entonces tú ves a estos muchachitos, que no son como nuestros estudiantes, con sus camisas limpias, el pantalón recién planchado, los zapatos limpios, sino que son desaliñados y que se parecen a los campesinos. Llenos de pasión de entusiasmo, como son los campesinos. Me sentía conmovida al verlos en desorden, todo juntos.”

Aquí se puede apreciar la forma en que el movimiento estudiantil se entiende desde una lectura en la que la clase social no prima en la reflexión. La importancia para Fallaci no es la posición política de la juventud mexicana, sino eso, su juventud. Lo que resalta no es que estén en confrontación con el gobierno, sino que son jóvenes campesinos, jóvenes rurales. Pero además no interesa su proyecto político, no se entienden por sus demandas, sino por su simpatía, su ternura, su inocencia. Inocencia que es característica de la juventud, pero de esa juventud que todavía no deja la infancia. La movilización del estudiantado no es el resultado de las políticas económicas de una clase social que expolia el producto del trabajo social a otra, sino el resultado de una rebeldía propia de una nueva categoría social: la juventud.

Innegable es que todas las obras que tienen como propósito mantener la presencia del 68 tienen un valor plausible, pero el negarse a avanzar y detenerse en la mera reflexión emocional, poca justicia hace a la lucha por la que perecieron o fueron reprimidos cientos y miles de estudiantes.

Si el posmodernismo, al igual que la modernidad, nos despoja de la esencia de nuestras luchas, es esencial entender la profundidad de las mismas y centrar nuestras fuerzas en reivindicar no sólo a quienes sufrieron la barbarie del sistema, sino al proyecto político con el que se enfrentaron al poder dominante, para evitar caer en actos conmemorativos desprovistos de cualquier compromiso político, que lo único que hacen es caer en el victimismo fatalista, sin asumir el compromiso de conquistar las demandas aún pendientes.

Recordar el 2 de octubre debe servir para evidenciar que la lucha por un país y un mundo en el que la democracia sea una forma de vida y no sólo una “fiesta” sexenal, es un deber que las y los mexicanos tenemos pendiente. Es un momento para comprometernos con finalizar la lucha que se inició en 1968 y en la que pocas victorias hemos acumulado desde entonces. Es un tiempo para exigir justicia, por las y los muertos, pero también contra la miseria material y espiritual a la que nos condenan a vivir día con día.

Es verdad que es importante no olvidar a nuestros muertos, pero igual de importante es no olvidar el por qué murieron.