Hace 50 años de la violenta matanza, tortura y desaparición de nuestros compañeros y compañeras estudiantes, además de trabajadores y trabajadoras, hacemos ejercicio de memoria y pensamos que es fundamental entender esta fecha; además de un recordatorio de la agresión del Estado hacia el pueblo, como la base histórica que nos antecede en la lucha por una vida digna para todos y todas. Es necesario recordar que desde hace 50 años y aún más atrás, la lucha del pueblo ha sido por mejores condiciones de vida.

No podemos quitar la mirada de las razones por las que fue tan importante esta fecha y las que le sucedieron, y no nos referimos únicamente al papel del Estado, también hablamos de toda la organización que llevó generar tal coyuntura. En su tiempo la organización estudiantil y sindical buscaba una exigencia política y económica que trascendía a una nueva propuesta en la estructuración social, principalmente el Socialismo. En agosto de 1968 se conformó en la Ciudad de México el Consejo Nacional de Huelga, conformado por estudiantes de la UNAM, IPN, Chapingo, la Universidad Iberoamericana y la Universidad La Salle principalmente, lo que representó un frente amplio que exigía varios puntos encaminados a libertad de organización y de voz, y la desarticulación de las estructuras represivas. Es importante entender que esto se logró después de años de trabajo político, tanto en el sector estudiantil como sindical. Desde 1957 con la huelga de telegrafistas, pasando por el estallido del Movimiento Revolucionario Magisterial, entre otros, fueron bases históricas para el trabajo político estudiantil que retomó el trabajo de movilización social, como sucedió en Morelia con la organización de la Central Nacional de Estudiantes Democráticos (CNED) en 1963 y otros movimientos estudiantiles en Sinaloa, Puebla, Jalisco, entre otras universidades previo al 68.

A su vez, esto definió la relación de la sociedad organizada con el Estado. Hay que decir que la realidad de violencia y represión en la que vivían las y los compañeros del 68, no es muy distante a lo que se vive actualmente, pues el 68 en México sólo fue una muestra del rostro coercitivo por parte del Estado. Así pues, sigue habiendo personas muertas, desaparecidas y encarceladas por motivos políticos. Todos los días, los medios de comunicación masivos hablan sobre las víctimas de esta violencia visibilizada, mientras los Estados justifican los hechos asociándolos principalmente con fenómenos como el narcotráfico y la inseguridad, sin afrontar la problemática de raíz. Se implementan protocolos, se promueve la legalidad y se buscan reforzar las políticas de seguridad, invirtiendo gran parte del gasto público en este rubro, como si más policías y militares en las calles garantizaran acabar con esta violencia, siendo estos responsables en gran medida de asesinatos, violencia sexual y desapariciones forzadas ante la corrupción y antidemocracia que predomina al interior de las instituciones del Estado.

Y así hoy, como hace 50 años, seguimos siendo nosotros y nosotras, la juventud de México, quienes más sufrimos de esta violencia visibilizada. Tan solo entre 2013 y 2016, hubo 87 mil 788 víctimas de homicidio doloso, según datos proporcionados por el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), de los cuales 31 mil 357 tenían una edad de entre 15 y 29 años de edad, es decir, 35.7 por ciento de los homicidios. Respecto a la desaparición forzada, de 34 mil 628 desaparecidos  en todo el país entre 2007 y 2018, 9 mil 404 eran jóvenes de entre 15 y 24 años, es decir, 1 de cada 3 personas desaparecidas son jóvenes, según el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP).

En efecto, el terrorismo de Estado sigue en boga. Sigue habiendo un uso sistemático de amenazas y represalias por parte del Estado y sus instituciones contra la población civil, todo con el afán de imponer obediencia y una colaboración activa de la población. Se trata pues, de un conjunto de acciones coercitivas, violentas y propagandísticas que el Estado, a través de sus instituciones, fuerzas armadas, policiales, militares y paramilitares, ejerce contra la población civil, esto con el propósito de sembrar “terror” y miedo entre la población. Después de todo, el Estado en sí no es otra cosa que un instrumento de dominación de una clase social por otra.

Sin embargo, detrás de esto, se esconde el verdadero rostro de la violencia, esa que da origen a violencia visibilizada y que pocas veces es tomada en cuenta. Se trata de una violencia sistémica que se encuentra en la base material de la sociedad, en el sistema económico que impera, en la desigualdad e injusticia social que existen bajo el capitalismo, la cual se manifiesta a partir de que sólo unas pocas personas en el mundo acumulan gran parte de la riqueza, mientras las mayorías se encuentran sumidas en la pobreza y en la miseria, explotadas, despojadas y oprimidas. De esta forma el hambre, la explotación laboral, los bajos salarios, el desempleo, la contracción del gasto público en servicios como salud o educación, el despojo de tierras y recursos naturales, incluso las guerras imperialistas, son algunos ejemplos de esta violencia sistémica. Que el Centro de Investigación Laboral y Asesoría Sindical (Cilas), hablando de empleos formales, diga que el 50 por ciento del total de desempleados del país son jóvenes, aunado al hecho de que 3 de cada 10 jóvenes entre 15 y 17 años no estudia el Nivel Medio Superior y el 13.5 por ciento de los que logran entrar abandonan sus estudios, además de que solo el 17 por ciento de los personas de entre 25 y 64 años logran tener estudios universitarios y el alto grado de deserción escolar en este nivel, explica parte de la violencia invisibilizada contra las y los jóvenes.

Más aún, en México viven 53.4 millones de personas en condiciones de pobreza, es decir, el 43.2 por ciento de los mexicanos, según datos recabados por el CONEVAL hasta el año 2016. Respecto a la tasa de desempleo, se mantiene en 3.4 por ciento, según datos del INEGI, mientras que de la población “ocupada”, el 56.9 por ciento de ella se encuentra en la formalidad, por lo cual 32 millones de trabajadores y trabajadoras no tienen acceso a seguridad social y casi 14 millones sobrepasan la jornada de trabajo de 48 horas semanales, sumado a la precariedad de los salarios, donde 7.8 millones de personas reciben apenas un salario mínimo (88.36 pesos diarios), siendo las mujeres trabajadoras quienes reciben menos sueldo, entre 14 y 30 por ciento menos en comparación con los varones por iguales puestos y tareas, todo esto según informes del Cilas. Lo anterior contrasta con  el 1 por ciento de la población que acumula una riqueza similar a la del 95 por ciento de mexicanos y mexicanas, mientras que los medios de producción se encuentran en manos de apenas el 10 por ciento de la población, el resto debe vender su fuerza de trabajo. Así, mientras Carlos Slim, uno de los hombres más ricos del mundo, posee una fortuna de 67 mil 100 millones de dólares, millones de mexicanos sufren de hambre y miseria, ante la precariedad de la vida provocada por la violencia sistémica capitalista.

Ante esta situación, la cuestión del quehacer político de la juventud toma un punto de vital importancia ante esta amarga realidad, al contraponer las exigencias políticas de la coyuntura contra la preparación del movimiento de masas (ya sea estudiantil o social), nos denota un panorama raquítico y una escasez generalizada de cuadros políticos en el frente del movimiento. El punto radica en que excluyendo algunas organizaciones históricas estudiantiles ya sea de carácter nacional como la FECSM o algunas otras regionales como la CUL o la ONOEM, los movimientos estudiantiles rebozan de inmadurez política causada claramente por la naturaleza espontánea de su nacimiento y por los mecanismos de cooptación por parte de las administraciones universitarias siempre ligadas a los intereses y objetivos del Estado capitalista. Es por eso que para algunos pueden parecer inalcanzables las demandas tan básicas como: la seguridad para el estudiantado, la gestión de espacios de política universitaria, la defensa de la matrícula, los espacios de coordinación entre escuelas y universidades, o la misma defensa de la educación pública.

Sin embargo hay que aclarar que no buscamos con estas palabras la mera crítica destructiva de algunos procesos de los que inclusive en algunos casos formamos parte. Más bien, consideramos en el análisis de las condiciones materiales la guía de acción para nuestro quehacer político. Esto representa meramente el ejercicio de crítica y autocrítica de un puñado de militantes estudiantiles que ven con preocupación el contexto que rebasa la capacidad política del movimiento estudiantil a nivel nacional, ante esta situación nosotros y nosotras consideramos necesario el retomar la teoría marxista leninista para la aglutinación de fuerzas.

Y si bien el quehacer parece haberse limitado en la práctica de la movilización social, muchas organizaciones retomamos el marxismo en la lucha, pero los movimientos se han comportado más bien de forma espontánea. Por ello es necesario no sólo retomar la vigencia del marxismo, pues es evidente que los trabajadores, los campesinos, los ciudadanos, los jóvenes y estudiantes seguimos padeciendo las contradicciones de este sistema de clases y actualmente vemos como éstas no sólo se mantienen sino que se agudizan. En el clímax de violencia actual, la represión, las desapariciones forzadas, los asesinatos a jóvenes, la violencia a la mujer, o la falta de condiciones para el ejercicio de nuestros derechos son sólo algunas de las problemáticas inherentes a este modo de producción capitalista que antepone la acumulación de capital sobre nuestro bienestar. La explotación, el hambre y la miseria son fenómenos comprensibles bajo el marxismo pues explica las bases materiales que sustentan y mantienen la desigualdad. Los hechos nos demuestran que ningún derecho es permanente bajo la lógica capitalista que subordina y oprime a las mayorías, por lo que surge la necesidad no sólo de interpretar el funcionamiento de la sociedad bajo este modo de producción sino del actuar y transformar, en otras palabras, éste es el quehacer político desde el marxismo.

Éstas son las condiciones que la historia de la lucha de clases nos ha heredado y es el deber de la juventud obrera romper con la tendencia que hoy impera y retomar el principio más fundamental de este proceso, la lucha por una vida digna para todos y todas. Se requiere de la unidad y organización de las y los trabajadores, campesinos, estudiantes, luchadores sociales e intelectuales, con tal de construir el Partido Proletario que permita disputar el poder político. Asimismo, se requiere cerrar filas contra el avance del sistema económico capitalista rapaz que destruye todo a su paso, unificar las diferentes luchas políticas, económicas, sociales, militares y culturales, de tal forma que no se permita al capital aislar las diversas luchas.

Es por ello que hacemos un llamado a las y los jóvenes conscientes que desean transformar nuestra realidad, para que, a partir de la unidad y organización alcanzar los principios fundamentales por los que lucharon nuestros compañeros caídos.

Es necesario unirnos para lograr las exigencias por las que se han luchado históricamente, retomar la lucha por una vida digna, la lucha por nuestros derechos.

 ¡Hasta que la dignidad se haga costumbre!

¡Ni perdón ni olvido!

Comité Estudiantil Fidel Castro Ruz – Movimiento de Izquierda Revolucionaria

Partido Comunista de México

Asamblea Estudiantil de la Facultad de Historia UMSNH

Asamblea Estudiantil de la Facultad de Economía UMSNH