II/III

Lenin Contreras

El Estado tiene que gobernar con una combinación de violencia y consenso, esta combinación asume formas, contenidos y grados específicos en el Estado Terrorista. Es por ello que este tipo específico de Estado no pude imponerse sólo bajo el ejercicio del terror, sino que es fundamental la construcción de grados de consentimiento de los gobernados con su régimen de violencia, ya sea por medio de mistificar su origen, mas no ocultar los actos terroristas y una vez que es imposible ocultarlo, justificar su aplicación. De esta forma, es propio del Estado Terrorista que intente engendrar y reproducir un ambiente social que permita crear las condiciones políticas para que por medio de la mistificación y justificación del terror su aplicación se normalice, con el objetivo de que se pueda ejercer una y otra vez.

La legitimización del terror, su normalización, como lo hemos señalado, se realiza por medio de mistificar el origen y motivo del ejercicio de la violencia terrorista, aunque su aplicación se difunda de forma cruda y cruenta, intenta ocultar e invisibilizar la génesis e intencionalidad política de su ejercicio. De esta forma, la violencia se muestra de forma accidental y fortuita, lo que permite que el régimen político se presente, aunque no de manera perfecta, con vocación democrática y democratizable, condición que supone que no es necesario romper con su orden político enmarcado dentro de los límites del régimen político burgués, de ahí la importancia del sistema electivo y la concesión de algunas demandas populares por las cuales se coopta y silencia a importantes contingentes de trabajadores.

Para que la mistificación del origen político del terrorismo de estado se obtenga, el régimen proyecta fuera de la esfera de lo político el ejercicio de la violencia por múltiples mecanismos, de esta forma no sólo se oculta su origen político, sino que legitima y normaliza por medio crear, fortalecer, reproducir y extender ambientes culturales que justifique el uso de la violencia. Desde la cultura patriarca y misógina que desemboca en los feminicidios, hasta la idealización de las bandas “sicarios” y paramilitares que tienen como función reprimir al pueblo.

Sin embargo, una vez que la violencia no puede mistificarse por su brutalidad y sistematicidad, el Terrorismo de Estado tiende a justificar su ejercicio. Este proceso se desarrolla mediante la criminalización de sus adversarios políticos o por medio de la “creación” de agentes que amenazan con desestabilizar la paz social o la creación de “enemigos internos”, como “grupos terroristas”, “narcos” o “normalistas”. La criminalización de las víctimas del terror, permite la pérdida y negación de facto de los derechos democráticos y la justificación del ejercicio de la violencia extrajudicial en su contra. Es por ello, que la criminalización de la protesta social tiene la función de normalizar la violencia contra los adversarios del Estado.

La legitimización de terror permite que grandes sectores del pueblo acepten el régimen de violencia para que se garantice la paz; además de ello, la violencia generalizada inmoviliza al pueblo por medio del miedo; y la criminalización socava la solidaridad e indignación popular y mantiene desmovilizados políticamente a grandes sectores del pueblo.

La mistificación y la normalización de la violencia, son mecanismos de construcción de consenso, en cuanto que permiten que la utilización del terror permanezca y se amplié sin posibilidad de que el régimen político se quiebre a partir de un cuestionamiento de profundo del sistema político, y que por tanto la clase dirigente, cuyos interese se expresan en el Estado, no sólo domine, sino que también dirija al conjunto de las clases oprimidas. Al “normalizarse” el Estado Terrorista construye consenso con su régimen político, por ello, las amplias campañas de propaganda que criminaliza la protesta social, son uno de los pilares fundamentales de este régimen.