En 1906, Ricardo Flores Magón y la Junta Organizadora del Partido Liberal Mexicano organizaron el primer levantamiento armado contra la dictadura de Porfirio Díaz: se esperaba la participación de 40 grupos revolucionarios distribuidos a lo largo del país, principalmente en los estados del norte, pero debido a la estrecha vigilancia que el gobierno había montado sobre ellos, la insurrección fue rápidamente sofocada; un ejercicio similar se intentaría llevar a cabo al año siguiente, pero tuvo que ser pospuesto unos meses más debido a la captura de Ricardo y otros militantes de la Junta.

El intento revolucionario de 1908 resultó infructuoso, y hubo que esperar hasta la libertad de los principales dirigentes de la Junta para reorganizar el movimiento revolucionario. Liberado de una prisión estadunidense en septiembre de 1910, Magón realiza nuevos preparativos para una tercera insurrección, cuando de pronto, una noticia inesperada se propaga por el país: Francisco Madero, hasta este momento opuesto al uso de la violencia revolucionaria, hace públicas sus intenciones de encabezar un movimiento revolucionario en contra del gobierno de Díaz.

Para Ricardo Flores Magón y la Junta, la decisión de Madero plantea un problema de difícil resolución: por un lado, Francisco, así como sus asesores, era un burgués, uno de los hombres más ricos del país, por lo que los trabajadores y trabajadoras no podían esperar nada bueno de él; por otro lado, Madero había realizado una gira nacional promoviendo su candidatura, lo que le había llevado a despertar simpatías por todo el país, incrementando las posibilidades de éxito del levantamiento armado.

Pese a que la Historia ha tratado a Ricardo Flores Magón como un sectario, lo cierto es que él decide combinar sus planes insurreccionales con los de Madero, no confundiéndose con ellos, sino como “libertarios que aprovechan los trastornos públicos durante los cuales el principio de libertad se debilita […], para encauzar el movimiento revolucionario por la senda de las reivindicaciones proletarias”.

Así pues, la tercera insurrección magonista da inicio el 20 de noviembre de 1910, y es, a diferencia de las de 1906 y 1908, tremendamente exitosa: durante los dos meses siguientes, su liderazgo en los campos de batalla crece en la misma medida en que el maderista disminuye; sin embargo, durante el mes de febrero de 1911, los revolucionarios magonistas reciben un fuerte golpe: Madero, huyendo de las fuerzas federales y a punto de ser aplastado por ellas, recibe ayuda del general magonista Prisciliano Silva; no obstante, durante un descuido de éste, Francisco lo traiciona, lo toma prisionero, desarma a sus revolucionarios y se apodera del liderazgo militar.

“Madero es un traidor a la causa de la libertad”, escribe Ricardo en el periódico Regeneración. El liderazgo magonista comienza a declinar: Madero, a causa de una traición cuyas consecuencias aún no han sido debidamente dimensionadas, se convierte en el leaderde la Revolución.

El 25 de mayo de 1911, Porfirio Díaz, acorralado por levantamientos armados en todo el país, firma su renuncia y se embarca a Francia: Madero le otorga todo tipo de garantías, los magonistas en cambio, persiguen el tren que traslada al viejo dictador hacia Veracruz, buscando darle muerte.

Ya había comenzado durante la Revolución, pero en el momento de la renuncia de Díaz, se consuma la división entre magonistas y maderistas, y la Junta Organizadora del Partido Liberal se desmorona: la enorme mayoría de los liberales que hasta entonces habían luchado bajo el liderazgo de Ricardo Flores Magón, deciden abandonarlo y darle el beneficio de la duda al nuevo gobierno “revolucionario” encabezado por Francisco I. Madero.

Juan Sarabia, Lázaro Gutiérrez de Lara, Antonio I. Villarreal, John Kenneth Turner, entre muchos otros, todos ellos integrantes de la Junta o muy cercanos colaboradores de ella, deciden que la Revolución ha sido consumada, que habiendo partido Porfirio Díaz al exilio “ya no hay razones para luchar”, cuando menos, no por medios violentos.

Todo mundo se convierte al maderismo, y los pocos que se resisten, como son el caso de Enrique y Ricardo Flores Magón, Librado Rivera, entre otros, se convierten a los ojos del nuevo gobierno, en “rebeldes sin causa”; los nuevos simpatizantes de Madero no entienden cómo es que Magón se niega a trabajar dentro del gobierno revolucionario: una y otra vez lo invitan a abandonar su actitud beligerante, le demuestran las bondades del nuevo régimen, lo invitan a gozar de los beneficios de la nueva apertura democrática, que terminará con la corrupción gubernamental, con la persecución de la prensa, con los fraudes electorales.

Ricardo se mantiene inamovible: no va a rendir las armas hasta que no se consume la toma de las fábricas por los obreros y la de la tierra por los campesinos; sin embargo, Magón se ha quedado prácticamente solo, la victoria del movimiento armado sobre la figura de Díaz ha arrasado a la Nación entera: la alegría y la conmoción son tales que no parece haber manera de entender a los que, como Ricardo, se muestran insatisfechos.

No obstante, Magón no se equivocaba: Madero no sólo había traicionado a los magonistas durante la lucha armada, aún después de firmada “la paz”, Francisco ordena la cacería de los magonistas que aún luchan en el norte; inmediatamente después de su toma de posesión como presidente, ordena una campaña de exterminio contra los zapatistas quienes, “inexplicablemente”, no se contentan con la salida de Díaz y continúan exigiendo la devolución de sus tierras; y finalmente, Madero, que había confinado a los antiguos magonistas que creyeron en él al ejercicio del periodismo como única actividad válida desde la cual podrían “seguir transformando el país”, termina censurándolos.

Cuando Madero es asesinado, su lugar lo ocupa Carranza, quien habiendo dado por concluida la lucha contra Victoriano Huerta, se vuelca también contra el pueblo; la victoria sobre Huerta genera la misma situación que había generado la partida de Díaz, y numerosos revolucionarios, muchos de ellos anticapitalistas, le dan su voto de confianza al gobierno de Carranza.

Este apoyo, le permite a Venustiano Carranza echar a andar su plan de gobierno: ordena devolver inmediatamente a los terratenientes todas las tierras repartidas por los revolucionarios, dicta en 1915 la pena de muerte contra todos los trabajadores que se atrevan a ir a la huelga, se opone a la integración de derechos a la población en la Constitución de 1917, y finalmente, continúa la guerra contra el zapatismo iniciada por Madero, asesinando a Emiliano Zapata en 1919.

 

 

Las lecciones históricas

¿Qué lecciones nos deja esta experiencia histórica? Esta situación se repite a lo largo de la historia de todos los países del mundo, una y otra vez; varias veces hemos visto a nuestros camaradas de lucha correr a los pies de uno u otro partido cuyo único mérito estriba en que “es grande” y en que “tiene posibilidades de vencer”, pero sin poder explicar de manera coherente cuáles serían las ventajas en caso de que venciera.

No debemos dejarnos arrastrar por la marea ocasionada por la promesa de “un cambio”, nosotros y nosotras no estamos en ese nivel de discusión, ni debemos permitir que las y los trabajadores lo estén, pero esto no lo vamos a lograr criticando a los partidos políticos en pleno proceso electoral; quienes lo hayamos hecho recientemente, sabrán que no hay mejor representación gráfica de la frase “echarle leña al fuego”.

Hoy como ayer, se vuelve a presentar la marea que amenaza con arrastrar a muchos de los mejores elementos de la clase obrera a un camino de lucha en el que, de manera más o menos firme, consideran como una verdadera posibilidad de transformación. Pero nosotros y nosotras no tenemos dos opciones, no podemos elegir entre seguir a Magón o seguir a Madero; tenemos una sola opción, y debemos confiar en ella, en nuestras propias fuerzas, en nuestras capacidades.

Nuestras tareas como revolucionarios están en el trabajo militante comprometido con los trabajadores y trabajadoras, con las y los que van a pasar la misma hambre y el mismo sufrimiento antes y después del 1º de Julio; nuestro público no son los propagandistas ni los militantes de ningún partido político, corrompidos hasta los huesos, oportunistas cuando menos.

Nuestras tácticas variarán, y quizá en un momento nos lleven a una alianza política indeseable, que, sin embargo, no pasará de ser “una piedrita en el zapato” de la cual podremos deshacernos sin mayor dificultad; pero ahora no estamos en ese momento, si partidos como MORENA permiten la entrada a uno de nosotros es porque se saben seguros de poder contenernos dentro de sus límites; no es el momento para creer que podemos insertarnos en un partido y “encauzarlo por la senda de las reivindicaciones proletarias”, quizá algún día llegue ese momento, pero no es ahora.

Vamos a trabajar como debe ser, con el pueblo que trabaja, no con los partidos, y cuando al fin tengamos un partido anticapitalista suficientemente fuerte, y seamos nosotros y nosotras quienes generemos la capacidad de arrastrar a los indecisos, entonces se confirmará lo que ahora ya sabemos pero las mayorías aún no: que tenemos razón.

La Junta Organizadora, la misma que echó los cimientos de la Revolución, estuvo operada durante muchos años por sólo un par de decenas de militantes: cuando se tiene convicción, no existen razones para dudar de nuestras capacidades.

Durante los gobiernos de Francisco I. Madero, de Victoriano Huerta, de Venustiano Carranza y de Álvaro Obregón, Ricardo Flores Magón permaneció inamovible, durante toda su trayectoria política, fue minoría, pero eso no le quitaba el tener la razón. Hoy vemos con total claridad que, aquellos que por no creer en sus propias fuerzas, se dejaron caer en brazos de quienes “tenían mayores posibilidades de vencer”, se equivocaron.

Si Magón no logró vencer, fue debido a que la correlación de fuerzas no estuvo a su favor, y si esa no le favoreció fue porque los indecisos, los que en un momento decisivo se sintieron demasiado pequeños para actuar de manera independiente, se dejaron arrastrar, y cuando se recuperaron de ello, ya habían sido moldeados a imagen y semejanza de sus explotadores, ya estaban irreconocibles, retrasando así, hasta ahora, 100 años la superación del Capitalismo en México.

No solamente tenía razón, sino que, como lo demuestra la evidencia histórica, estuvo muy cerca de vencer, más cerca de lo que hasta ahora creíamos; pero todas las posibilidades se vinieron abajo cuando, huyendo de las dificultades que implica la lucha revolucionaria, los antiguos luchadores magonistas abandonaron su proyecto inicial, desconfiando de sí mismos, de sus propias fuerzas, echándose a los brazos de la burguesía que, no por ser revolucionaria, deja nunca de ser burguesía.

Ninguno de los partidos electorales se formó desde abajo, por iniciativa ni concurso de los productores de la riqueza, y de aquel que en un principio lo haya intentado, hoy podemos decir sin temor a equivocarnos, que no lo logró, que todavíano se ha logrado. Nuestro trabajo no está en los partidos ya formados desde arriba, si existiera una posibilidad real de que la izquierda anticapitalista infiltrara y reorientara los nuevos partidos institucionales creados por la derecha, entonces dicha derecha no se arriesgaría a crear nuevos partidos.

Hoy más que nunca, elijamos el camino que eligió Ricardo Flores Magón; no venderse, no rendirse, no sentirnos impotentes. La pregunta, tanto de ayer como de hoy, sigue siendo la misma: ¿somos o no somos anticapitalistas? Respondamos con honestidad esta pregunta y nuestras acciones serán correctas, aún en los escenarios más difíciles, como el que en este momento nos toca vivir.