Comité de Base Feminista

Hace más de un siglo la comunista Alejandra Kollontai anunciaba la crisis sexual más grave y difícil de resolver que la humanidad jamás había visto hasta el momento, en la que no existía una sola nación, un sólo pueblo, en el que las relaciones entre los sexos no adquirieran cada vez más un carácter violento y doloroso. Pero, ¿a qué se refería con crisis sexual?

Primero que nada, es necesario señalar una serie de conceptos que nos permitan explicar la situación actual para no dar paso a lecturas erróneas. El conflicto sexual al que hace alusión Kollotai, se refiere a aquel que se da en las relaciones entre los seres humanos de ambos sexos biológicos, tanto de manera individual como de forma colectiva, y que no solamente hace referencia al acto erótico-sexual, si no a todo el entramado de relaciones que entablamos los seres humanos. Con el desarrollo de las teorías feministas alrededor del mundo, así como al cambio de dichas relaciones a través del tiempo, surgen propuestas que nos permiten analizar estos fenómenos, como la teoría del “sistema sexo-género” que se refiere al entramado de roles que cada sexo biológico humano (macho/hembra) juega en el desarrollo histórico, económico y cultural de los pueblos. De esta manera, las mujeres y los hombres nos desenvolvemos y tenemos distintos comportamientos no en base a nuestro sexo, si no a las condiciones históricas en las que nacemos y nos desarrollamos.

Es así, como podemos explicar la existencia de diversas expresiones de la sexualidad humana, ya que la sexualidad se construye y no puede entenderse sólo desde un punto de vista, puesto que implica la complejidad psíquica de cada individuo, pero sobre todo, la intrincada red política de las relaciones sociales dentro de las cuales se encuentra inmersa. En la sociedad en la que actualmente vivimos, de manera general, se permiten cierto tipo de prácticas sexuales, sin embargo, son dominantes y oficiales aquellas que están relacionadas directamente con los roles heterosexuales, puesto que le son útiles al capital para mantener la unidad de la familia nuclear y los valores morales burgueses.

En este sentido, nunca antes como en el capitalismo hemos visto tanta diversidad en las formas de unión de los sexos, sin embargo, la base sobre la que descansan dichas uniones se sigue nutriendo de tres factores básicos fundamentales: el egoísmo extremo basado en el individualismo burgués; el derecho de propiedad sobre el otro, y; la desigualdad entre los sexos en el ámbito de sus experiencias físicas y emocionales. Dichos factores en conjunto, con la institucionalización de hábitos, tradiciones, normas y costumbres, dan contenido a lo que se conoce como patriarcado, que es lo que posibilita el control de la población por razón del sexo.

El patriarcado o sistema patriarcal, es aquel en donde el poder es ejercido principalmente por los varones de forma histórica en la figura del “Pater Familias”, y es la manifestación e institucionalización del dominio masculino sobre las mujeres y niños(as) en el núcleo familiar, así como la aplicación de este dominio sobre la sociedad en general. Para La Historiadora María Milagros Rivera, la estructura fundamental del patriarcado son las relaciones sociales de parentesco que se basan en la institucionalización de la heterosexualidad obligatoria y el contrato sexual[1], necesarias para la continuación del patriarcado, al expresar la obligatoriedad en la convivencia entre varones y mujeres en tasas de masculinidad/feminidad numéricamente equilibradas que a su vez permita el ejercicio de la política sexual o relaciones de poder entre los sexos.

En el nacimiento del estado capitalista, y por ende del patriarcado moderno, éste se consagra en los conocidos ideales de la revolución francesa: igualdad, libertad y fraternidad que se remiten al pacto entre fraters (hermanos). La filósofa y feminista Célia Amorós señala que, con la constitución de la fatria en el estado moderno, el poder de la decisión sobre los miembros de los núcleos familiares pasa de manos del pater familias al Estado.

Si a lo anterior le añadimos las características del “Homo Economicus”, descrito como el individuo racional por excelencia al estilo Robinson Crusoe, que no tiene niñez, ni se hace viejo, que es un hombre caucásico heterosexual, de una edad promedio de entre 35 y 50 años, que no manifiesta emociones y la única forma de obtención de felicidad es a través de la posesión, en el entendido de que es el concepto con el que la teoría clásica y neoclásica de la economía modeliza todo el comportamiento humano, nos encontramos con que cualquier forma de expresión de la sexualidad humana que no cumpla con dichas características, al no ser funcional dentro de éste esquema, es reprimida o bien permitida sólo bajo ciertos criterios,  en un juego macabro de doble moral, que mantiene el sano desarrollo de las capacidades sociales de la población atada a las necesidades de la expansión de los mercados y la obtención de ganancia.

Dichas características del sistema capitalista-patriarcal, en consonancia con el machismo son la explicación a la crisis sexual que vivimos. Cuando en el mundo la legislación de 83 países criminaliza las relaciones homosexuales, mientras que en Irán, Mauritania, Arabia Saudita, Sudan, Yemen, algunas zonas de Nigeria y Somalia y más recientemente Uganda, se castigan con penas de muerte (según la Asociación de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersexuales ILGA por sus siglas en ingles), y solamente 55 países tienen leyes en contra de la discriminación por preferencias sexuales en los centros de trabajo, y sólo en 10 de estos países las y los homosexuales tienen derechos civiles equitativos, entendemos que el panorama mundial para aquellas y aquellos que deciden vivir su sexualidad de manera libre es sumamente restrictivo.

Pero, ¿cuáles son los efectos? A pesar del avance en el último siglo sobre el tema de los derechos a la preferencia sexual, es un tema que sigue presente y que se recrudece en las formas en las que la discriminación y la violencia se presentan. Desde las más sutiles en nuestra cotidianidad, como los comentarios homofóbicos, los chistes y burlas hechas para denostar a la otra persona por su preferencia sexual, pasando por los despidos injustificados o la no contratación de las personas por razón de preferencia sexual, hasta llegar a los crímenes de odio.

En América Latina, a pesar de ser la región en el mundo que ha adoptado más leyes contra la discriminación hacia homosexuales, siguen siendo altos los índices de exclusión y violencia por éstos factores, Brasil y México son los primeros lugares a nivel mundial por homofobia, solamente en Brasil se registró el 44% de todos los casos del mundo de homofobia letal, homicidios motivados por la preferencia sexual de la víctima, según datos del Banco Mundial, con un aproximado de una víctima cada 28 horas.

Tanto en Brasil como en México, no existen datos oficiales del número de muertes, y los datos con los que se cuentan han sido recabados por organizaciones sociales que obtienen sus fuentes de diarios locales, nacionales y hemerotecas. Sin embargo, los datos preliminares del Informe de Crímenes de Odio por Homofobia con datos de 1995 a 2010 realizado por “Letra S, Sida, Cultura y Vida Cotidiana A.C.”,registraron durante el año 2010, 648 homicidios, pero la realidad es que podrían ser mucho más, puesto que se prevé que el número de crímenes registrados deba multiplicarse por tres, sólo para incluir la “cifra negra” de los que no fueron denunciados o publicados en la prensa. Pero además, está el hecho de que esa información sólo se refiere a 17 de las 32 entidades federativas del país, puesto que sólo 17 estados emitieron la información solicitada, los otros 15, entre ellos Aguascalientes, Baja California Sur, Chiapas, Colima, Nayarit, Nuevo León, Sonora y Tamaulipas, no emitieron información al respecto.

Mientras tanto, la Comisión Nacional de Derechos Humanos (CNDH) expresó documentar que, en 696 expedientes de queja o averiguaciones previas, existe discriminación por homofobia; 30 quejas en la CNDH, 339 en los organismos públicos de protección de derechos humanos y 118 en el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred), de dichas denuncias, más de 160 fueron homicidios.

Queda claro que no basta con la modificación y aplicaciones de leyes y políticas públicas para eliminar estos tipos de discriminación y violencia, cuando nos damos cuenta que declararse homosexual, aunque ya no sea delito en ningún país latinoamericano, por ejemplo, es correr el riesgo de perder la vida. La crisis del sistema capitalista es también una crisis de la moral burguesa y lo que esto representa para la humanidad. Es por esto que es necesario que nos planteemos la camaradería como la base de nuestras relaciones personales, con la mira puesta a construir una nueva moral sexual para las y los trabajadores que incluya la libertad plena en la elección de nuestra preferencia sexual y que nos permita eliminar todas las formas de intolerancia, discriminación o promoción del odio contra lesbianas, gays, bisexuales, pansexuales, personas transgénero, o cualquier persona sobre la base de su preferencia sexual o expresión de género.

Por tanto, señalamos que los proyectos revolucionarios que plantean acabar únicamente con la dominación capitalista, las feministas que buscan sólo la liberación de las mujeres o aquellos que se plantean sólo la inclusión de las personas con diversidad de preferencias sexuales, sin tomar en cuenta la necesidad de compaginar dichas luchas en un proyecto político que nos permita abolir todo tipo de opresión, son proyectos parciales que no terminarían por romper con las atrocidades que se engendran en el patriarcado y que se recrudecen en el capitalismo.

Emprendamos un proceso de reeducación que nos permita entender la complejidad del problema sexual y la necesidad de la lucha por el socialismo.

 

[1]Concepto desarrollado por Carole Pateman (1988), que se refiere a la existencia en la base de las sociedades patriarcales de un pacto fundador que consiste en aquel que se da entre hombres heterosexuales que garantiza el acceso y distribución del cuerpo femenino fértil.