Comité de base “feminista”

                                                                                                               

Porque no es su virtud femenina específica

lo que le da un lugar de honor [a la mujer] en la sociedad humana,

si no el valor de la útil misión que lleva a cabo,

el valor de su personalidad como ser humano, como ciudadana,

como pensadora, como luchadora.

-Alejandra Kollontai

¿A qué nos referimos cuando hablamos de feminismo?

     La lucha de las mujeres en la búsqueda de la emancipación se enmarca en muchos contextos a través de la historia y tiene numerosos referentes, por lo que podemos decir que el feminismo es un conjunto diverso de propuestas políticas que buscan transformar la realidad que vivimos las mujeres.

     Desde los inicios de la revolución industrial, pasando por todos los procesos de surgimiento y consolidación del capitalismo, las mujeres hemos estado presentes en el movimiento popular, ya sea como miembros activos de los distintos procesos revolucionarios, trabajadoras en los movimientos sindicales, amas de casa luchando en contra de la carestía de la vida y el alza de los productos básicos, en pro de la participación política (por ejemplo el derecho a votar y ser votadas), por el acceso a la educación en todos los niveles, por la independencia civil y económica, por mencionar algunos. 

     Estas propuestas abarcan ámbitos económicos, políticos y culturales, en las que el feminismo tiene, necesariamente varias tendencias. Tantas en efecto, que no podríamos hablar de la existencia de un solo feminismo, sino de una abigarrada comunidad de feminismos.

     En términos generales, existen al menos dos grandes tendencias que los dividen de manera general, el sexo y la clase. A estas dos tendencias podríamos irles sumando una infinidad de subdivisiones que le imprimen su forma de entender situaciones concretas, como también la estructura de sus tácticas y estrategias, que han ido desarrollando a través del tiempo. Mucho se ha hablado de la existencia de al menos tres olas o momentos de estallido dentro del movimiento feminista. 

     La primera ola, que surge a la par de la revolución francesa cuyo programa se basaba en los Cuadernos de Quejas y Reclamaciones escritos en 1789 por la anónima Madame B.B. en el nacimiento de lo que ahora conocemos como Estado nación y retomados por Olimpia de Gouges en sus más de cuatro mil escritos revolucionarios entre los que destacan la Declaración de los Derechos de la Mujer y de la Ciudadana y finalmente recogiendo los debates de la época e iniciando el camino hacia la consolidación del feminismo Mary Wollstonecraft (apodada la Hiena con faldas) propone la Vindicación de los Derechos de la Mujer.

     La segunda ola, que Nuria Varela (2013) describe desde el sufragismo hasta Simone de Beauvoir, un periodo que abarca desde mediados del siglo XIX hasta mediados del siglo XX y que comienza antes o después dependiendo del país al que se hace referencia. En esta ola, aquellas mujeres que ya habían luchado junto con los hombres por la independencia de su país, ahora ampliaban la lista de demandas. Las demandas de igualdad de derechos políticos y sociales (con el derecho al voto como principal estandarte) seguían en la agenda, pero ahora se le sumaban además la abolición de la esclavitud, el acceso a la educación, el cuestionamiento sobre la existencia de la doble jornada laboral y el trabajo doméstico. “Es aquí donde surgen las mujeres más raras: Las obreras”.

    ¿Y en qué radica su rareza? En que las mujeres que tenían la condición de ser trabajadoras, rompían con el esquema construido para ellas en aquellos primeros años del capitalismo patriarcal (el rol de princesa doméstica, débil, obediente y pasiva, de mujer-madre). Contradicción del sistema que delinea bien Marx ya en el manifiesto comunista de 1848 cuando habla del papel de las mujeres y la conformación de los núcleos familiares. Estas mujeres se plantearon como un problema para la estructura ideológica dominante, puesto que tanto compatibilizan la feminidad y el trabajo asalariado, y participan tanto en la reproducción y el ámbito privado, como en la producción industrial, es decir, el ámbito público. Con ellas surgen algunas de las interrogantes que aún se plantean tanto en los movimientos populares, como en los grupos más conservadores de la burguesía, pasando por toda clase de legisladores y no pierden su vigencia en cuanto nos definimos como mujeres trabajadoras y como tales planteamos nuestras demandas: ¿Es compatible el trabajo asalariado con las mujeres?, ¿se tiene que poner límites al trabajo de mujeres?, ¿qué tipo de trabajador es una mujer?, ¿debe de obtener el mismo salario una mujer y un hombre?. Tratando de dar respuesta a éstas y más interrogantes la historia ha tenido y sigue teniendo un ejército de mujeres, sin embargo es importante señalar a Flora Tristán como precursora que con sus Peregrinaciones de una Paria (1839) y Unión Obrera (1843), entre otras obras sientan las bases de lo que hoy conocemos como el Feminismo Socialista y el Internacionalismo Proletario (propuesta de flora antes incluso de la existencia de la primera internacional en 1864).

      La tercera ola, que es la que nos encontramos actualmente, surge en el periodo de postguerras. El surgimiento del fascismo en Europa y el estallido de la segunda guerra mundial redujeron, a pesar de la fuerza política que llegaron a tener los movimientos feministas, la presencia y el reconocimiento de las mujeres en el espacio público. De nuevo reinaban los discursos de domesticidad obligatoria. Sin embargo las consignas que levantó el movimiento feminista no terminaron por morir y en este contexto las mujeres comenzaron a preguntarse ¿Cuál es pues el rol que tenemos las mujeres en la sociedad? El problema femenino se le denominó y consistía en explicar que la raíz de los problemas de las mujeres era que éstas envidiaban a los hombres, e intentaban ser igual que ellos, en vez de “aceptar su propia naturaleza” que en palabras de Betty Friedan (1965) “sólo podía encontrar su total realización en la pasividad sexual, en el sometimiento al hombre y en consagrarse amorosamente a la crianza de los hijos”. Es a partir de aquí donde se delinea que el problema de la diferencia entre los sexos es político y por tanto se relaciona con el ejercicio del poder. Desde este momento si no es que antes, a la agenda feminista se le suman las demandas relacionadas con el ejercicio del poder sobre el propio cuerpo, la decisión del ejercicio libre del género, las relaciones sexuales como relaciones políticas en la que la tan conocida frase de Katte Millet “lo personal es político” abandera a una época y da cuna al feminismo radical y con él a la apertura de las compuertas de una represa de la cual se desbordaría desde entonces una infinidad de propuestas políticas y teóricas feministas.  

     Cada una de estas olas fue dejando a mujeres marcadas por su agenda, tanto desde el ámbito académico, como desde las propuestas de organización política. Es importante señalar sin embargo que no es nuestro afán desarrollarlas de manera lineal puesto que corresponden a procesos vivos que aunque su surgimiento se enmarque en un contexto histórico definido, sus procesos de desarrollo obtienen características particulares. Si pudiéramos utilizar una analogía, cada ola dejó las semillas que se convertirían en robustos árboles con raíces que abarcarían distintas épocas históricas y lugares del mundo en donde florecerían los feminismos con sus características, tiempos y necesidades propias.

¿Es necesario el feminismo para l@s socialistas?

    Es difícil precisar cuando comienzan a surgir las propuestas feministas desde el socialismo, puesto que las mujeres nunca han estado alejadas de los movimientos sociales y estuvieron presentes desde las propuestas del socialismo utópico (ya se mencionó a Flora Tristán) hasta las propuestas socialistas contemporáneas. Sin embargo existe una pregunta clave que es el eje para entender la propuesta del feminismo socialista: ¿Para quién hacen un trabajo gratuito las mujeres y dentro de qué relaciones de producción se realiza?

     Si bien es cierto que la opresión de las mujeres se remonta mucho antes de la existencia del capitalismo, podemos decir que las condiciones que marca el sistema económico actual las recrudecen, como menciona Andrea D’atri ”la opresión de todas las mujeres obtiene la ‘legitimidad’ que le otorga un sistema basado en la explotación de una enorme mayoría de la humanidad por una pequeña minoría de parásitos capitalistas; un sistema donde la perpetuación de las jerarquías y las desigualdades son parte fundamental de su funcionamiento”.

      A esta pregunta nodal, debemos de sumarle la visión de clase que tenemos las socialistas sobre las demás demandas democrático burguesas que plantean los feminismos. Puesto que nosotras no planteamos dar vuelta atrás a la rueda de la historia y es nuestro deber recoger todas y cada una de las demandas que las mujeres hemos tenido y aprender de nuestra historia.

      Hoy, en términos mundiales, de los 7.200 millones aproximadamente de habitantes en el planeta, las mujeres en el mundo, representamos más de la mitad de la población, sin embargo, las condiciones en las que vivimos en el mundo y en nuestro país son sumamente precarias, sólo por mencionar algunos datos:

  • Las mujeres a nivel mundial representan el 70% de las 1 200 millones de personas en situación de pobreza extrema, y el 60% de los 550 millones de trabajadores pobres (ONG Manos Unidas).

  • El 60 por ciento de las personas que padecen de hambre crónica en el mundo son mujeres y niñas (ONU mujeres).

  • La brecha existente entre hombres y mujeres en salud, educación, oportunidades económicas y representación política, tardaría 118 años en cerrarse si la desigualdad no siguiera creciendo (Informe global de la brecha de Género 2015).

  • Pese a la incorporación de 250 millones de mujeres al mercado de trabajo global desde 2006, su salario en términos estadísticos es igual al de los hombres hace una década sin contar los aumentos salariales producto de la inflación. En América Latina las mujeres perciben tan sólo el 84% de lo que ganan los hombres y en México la brecha salarial entre hombres y mujeres representa el 22.9%.

  • En América Latina, el 40 por ciento de las mujeres no cuenta con ingresos propios y el 56 por ciento se considera “población inactiva” aunque realicen tres veces más algún tipo de trabajo doméstico o de cuidados que los varones.

  • Pese a que más del 50 por ciento en México producen alimentos para sus familias, 24.3% de los hogares encabezados por mujeres representan carencias alimentarias.

  • En términos de educación, las mujeres representan los dos tercios de las 796 millones de personas analfabetas del mundo. Sólo el 39 por ciento de las niñas rurales asisten a la escuela secundaria, lo que es muy inferior a la cantidad de niños rurales (45 por ciento), de niñas urbanas (59 por ciento) y de niños urbanos (60 por ciento). (ONU mujeres). En México al nivel superior educativo solo llegan el 27% del total de mujeres.

  • Las mujeres reciben salarios inferiores por el mismo tipo de trabajo. Los sueldos medios de los hombres son más elevados que los de las mujeres tanto en áreas rurales como urbanas. Las mujeres rurales por lo general trabajan más horas que los hombres debido a responsabilidades de reproducción, domésticas y de cuidados familiares adicionales (FAO).

  • En nuestro país el 46% de las mujeres mayores de 15 años reportan haber sufrido algún tipo de violencia, 53% violencia económica, 29% agresiones físicas y 16% violencia sexual (INEGI).

      La lista de desigualdades en la caracterización de las condiciones actuales de las mujeres en el mundo y en nuestro país es inmensa, y podríamos seguirla describiendo, sin embargo, nuestro objetivo aquí es delinear que somos las mujeres pobres el sector más desprotegido de la población mundial. Es por esto que planteamos hoy la pertinencia de la agenda feminista dentro del socialismo.

      Porque no basta con sólo plantearnos romper las cadenas de la explotación de la clase trabajadora a la cual pertenecemos y tenemos claro que es explotada por una minoría de capitalistas de ambos sexos, sino que es necesario que a la par (y no después) luchemos por abolir todo tipo de opresión que sufrimos más de la mitad de la humanidad (que somos las mujeres).

       Así pues, para las marxistas revolucionarias, la opresión de las mujeres se enmarca en la lucha de clases y por tanto está del lado de aquellas mujeres que sufren tanto la opresión del sistema patriarcal, en expresiones como el machismo, el sexismo, la invisibilización del papel de la mujer; como también de la explotación en el sistema capitalista, en donde son las mujeres las que sufrimos de dobles jornadas laborales con salarios menores a los de los varones, además de trabajar para el capital reproduciendo a la clase obrera, construyendo el espacio doméstico donde los trabajadores descansan para volver al día siguiente a la fábrica bien lavados y planchados, listos para la explotación, y dulcificando el caos social de la lucha de clases mediante la estabilidad de la estructura familiar.

¿Qué proponemos hoy en nuestra organización partidaria?

     Hoy, las feministas socialistas somos no solamente herederas de la derrota histórica de las experiencias revolucionarias del siglo XX, sino también del retraso de las propuestas desde las organizaciones socialistas para sus mujeres militantes.

    Tanto como tratamos de comprender los aciertos y los errores del socialismo real y consideramos la necesidad de formular un socialismo para el futuro, también intentamos superar los errores cometidos desde nuestro seno: las políticas adoptadas en la época estalinista y después replicadas en otros países como la instauración del matrimonio civil como única unión legal, la abolición del derecho al aborto, la supresión de las secciones femeninas de los comités centrales de los partidos y sus equivalentes en los diversos niveles de organización partidaria, la prohibición de la homosexualidad, la glorificación de la mujer como madre, entre otros, que tuvieron por resultado el rechazo de muchas mujeres a la propuesta socialista y de su incorporación a las organizaciones socialistas.

       Por tanto, es nuestra tarea la construcción de una propuesta política que integre los problemas desdeñados en fases anteriores y conflictos nuevos surgidos en el imparable desarrollo del capitalismo. Las organizaciones políticas hoy debemos asumir el feminismo socialista y contribuir al desarrollo de espacios de organización feminista en su interior, para que el socialismo que propongamos no sea patriarcal. Nuestros compañeros deben de reconocer que los hombres gozan de privilegios a costa de nosotras y que esos privilegios han de desaparecer.

       Sin embargo no basta con la utilización del lenguaje incluyente, ahí donde haya un espacio de organización debemos de procurar la participación política de nuestras compañeras, la paridad en los puestos de representación, la lectura de nuestra táctica y nuestra estrategia con una perspectiva de género, el análisis y puesta en práctica de propuestas especiales a las demandas específicas de las mujeres. Y sobre todo entender que el sistema capitalista no se entiende sin la existencia del patriarcado.

       En base a esta propuesta, es que en últimas fechas hemos buscado incentivar dentro de nuestra organización el análisis y debate aquí planteado, considerando que es de suma importancia ambas luchas indivisibles: contra el capitalismo, pero también contra el patriarcado, porque creemos que el hecho de que caiga el primero no asegurará que caiga el segundo. Buscamos la dictadura del proletariado, pero también la creación de un sistema en el que se garantice la igualdad de derechos y responsabilidades entre hombres y mujeres.

       Finalmente, hacemos un llamado al resto de las organizaciones partidarias a reflexionar acerca de que la desigualdad entre hombres y mujeres, no desaparece automáticamente y que no es suficiente poner fin a la propiedad privada de los medios de producción e incorporar a todas las mujeres al trabajo “productivo”, sino que es necesario también construir una nueva forma de entender las relaciones entre los sexos, basada en la camaradería y solidaridad.